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Venezuela y la guerra ignorada | Por Daniel Lara Farías

La Patria, de rodillas 27/02/2019 3:58 PM

Daniel Lara Farías

Editor de La Cabilla. Internacionalista de formación y comunicador por vocación. Conduce el programa radial Y Así Nos Va por RCR 750AM de lunes a viernes a las 4 PM. En twitter es @DLaraF

De todas las formas posibles, el ser humano evita las guerras. Al menos, en apariencia. En las frases pop que nunca pasan de moda, hacemos el amor y no la guerra y le damos a la paz un chance.

Pero en realidad, la vida es una guerra. Contra el entorno, contra nosotros mismos. Y la historia de los países está llena de guerras o son una sola guerra, como es el caso de Venezuela.

Ignoran eso quienes de la historia nacional conocen solo la portada de algún libro de Arias Amaro y cuya aproximación a este drama, a esta tragedia que es Venezuela, es a través de los lugares comunes de la historiografía farisea y acomodaticia que, durante más de un siglo, ha arrullado a los niños con el himno nacional.

De esa manera, se habla de que “podría haber una guerra civil” sin notar que esa guerra ya empezó. O mejor dicho: nunca terminó. Bien lo dijo Vallenilla Lanz cuando retrató la guerra de Independencia como una guerra civil, cosa más que lógica si se revisan quienes eran y donde estaban los involucrados. Nunca olvidé un dato, recogido en el libro La historia oculta de la Independencia de Venezuela, del historiador Francisco Alfaro Pareja: más de la mitad de los soldados del bando realista que pelearon en la Batalla de Carabobo nacieron en Venezuela. Es decir: eran venezolanos realistas, no “patriotas”.

Y he allí donde está la verdadera guerra: en la definición del participante. En la maldición que es la Patria, el patriotismo venezolano, que no es otra cosa que una invención maligna de esa extraña casta políticamente tarada que eran los mantuanos de principios del siglo XIX. La Patria es tuya si eres patriota. O sea, si haces lo que la Patria quiere que hagas por ella y para ella. Caso contrario, no solamente no eres patriota, sino que puedes llegar a portar el estigma social de apátrida, o ser reo del delito de traición a la Patria.

La Independencia Nacional como delito.

Para los descolocados, no se si saben que el nebuloso delito de Traición a la Patria se encuentra en el Código Penal Venezolano, otorgándosele una pena de 20 a 30 años (pena máxima en Venezuela). No solo eso, sino que además al condenado por este delito, no le aplican ningún tipo de beneficios procesales. Y hay más:

“Artículo 128. Cualquiera que, de acuerdo con país o república extranjera, enemigos exteriores, grupos o asociaciones terroristas, paramilitares, insurgentes o subversivos, conspire contra la integridad del territorio de la patria o contra sus instituciones republicanas, o las hostilice por cualquier medio para alguno de estos fines, será castigado con la pena de presidio de veinte a treinta años.

Parágrafo único: Quienes resulten implicados en cualquiera de los supuestos expresados, no tendrán derecho a gozar de los beneficios procesales de ley ni a la aplicación de medidas alternativas del cumplimiento de la pena.

Artículo 129. El que dentro o fuera de Venezuela, sin complicidad con otra Nación, atente por sí solo contra la independencia o la integridad del espacio geográfico de la República, será castigado con la pena de presidio de veinte a veintiséis años.

Con la misma pena será castigado quien solicite, gestione o impetre, en cualquier forma, la intervención de un Gobierno extranjero para derrocar el gobierno venezolano.

Artículo 130. Cualquiera que, en tiempo de guerra de alguna Nación extranjera con Venezuela, aparezca sublevado en armas contra el Gobierno legítimo de la República, y no las deponga a la primera intimación de la autoridad pública, será castigado con la pena de presidio de dieciocho a veinticinco años.”

 

Según ese articulado, hacer lo que hizo Bolívar en todas sus actuaciones durante la Independencia, es delictivo. Según el Código Penal, la Independencia es un delito. Pero por ninguna parte se define la Patria ni su vocero. Porque eso del clarín de la Patria llamando tiene sus curiosidades, más allá del llanto que la madre acalla. Como la Patria es una cosa indefinida, que puede definirla usted a su manera y puedo definirla yo a la mia, “lo que la Patria requiere” no es más que un capricho. En mi opinión, la Patria quiere que se coma menos arepa y más empanadas. En su opinión, la empanada debe prohibirse, pues amenaza a la arepa. Siendo así ¿Qué es lo que quiere la Patria, al final? Pues depende de quien tenga más fuerza. Si usted tiene una pistola, tiene alguna ventaja. Pero si yo tengo dos batallones que me obedezcan y monopolizo además el uso de la fuerza, puede tener usted la seguridad de que la empanada será el alimento nacional pues eso querrá la Patria. Pues la Patria seré yo, gracias a mis batallones. Y usted, como no quiere empanada, es un traidor a la Patria y va preso. ¿QuéLos EEUU no pueden esperar otro Pearl Harbor ni otro 11 de Septiembre para participar en una guerra que también es de ellos, aunque no lo quieran le parece?

Pues no, no es un chiste. Eso ha ocurrido desde 1808 en Venezuela. En ese pedazo de tierra al norte del sur de América, donde se vive hoy la batalla más espantosa de esa larga guerra con espantosos episodios, pero que hoy alcanza ribetes tétricos por una razón desalentadora : la mayoría de la ciudadanía ignora o niega que estemos en guerra.

Los venezolanos del siglo XIX y principios del siglo XX no negaban la guerra, sino que actuaban en consecuencia. La peleaban, se escondían para salvarse, se iban a otro sitio para abastecer fuerzas y esperar que amainara para regresar. Pero no la negaban.

La negación de la guerra

Creo que eso empieza ya con el postgomecismo, razones estrictamente utilitarias desde el punto de vista político. Y es allí donde aparece de nuevo Vallenilla Lanz y otros de su tiempo. Era necesario imponer la paz. Así fuese solo en el slogan Unión, Paz y Trabajo. Se empieza a construir otra Patria, otro concepto. Se incorpora a los excluidos de la historia, a los marginados llaneros tenidos hasta entonces como unos bárbaros a quienes había que contener. Y al indio como “venezolano original” al que se empieza a poner en estatuas y cuadros. Gómez era el pacificador y obviamente el gomecismo y más aún el postgomecismo tenía obligatoriamente que validar su tesis, negando cualquier posibilidad de conflicto dentro de la sociedad que llevaba más de 100 años matándose, encarcelando, torturando y exilando a los traidores a la Patria.

Los jóvenes civiles y militares del año 1945 rompieron la vidriera, recordandole al país que en efecto la guerra seguía. Y lo repiten en el 48, lo mantienen hasta el 58 con asesinatos, torturas, silencio impuesto, persecución, prohibiciones, corrupción, imposición del discurso “patriota” oficial y del estigma del apátrida y del delito del traidor a esa Patria.

Hubo quien peleara esa guerra, y al final de forma casi milagrosa logran que en el 58 se renueven los pactos entre las castas civiles y la casta militar, con nuevas variantes. Si la sociedad postcolonial se entregó a los militares encabezados por Páez en 1830, lo hizo para subsistir como Nación, a cambio de permitirles convertir el erario nacional en patrimonio personal, siempre y cuando “nos den la Paz”, aunque el costo a pagar fuese darles el control de definir qué es la Patria.

Ese pacto ha definido nuestra historia. Venezuela no existe si no existen los militares como árbitros o protectores. En momentos de crisis se les hace llamados y se les exige posicionarse. En tiempos de tranquilidad, se les permite robar y ser una casta privilegiada. Así, al parecer vamos enrumbados a un nuevo episodio donde esa casta militar, el famoso Minotauro Militar del que hablaba Federico Boccanera, decide que debe dejar de ser sostén para pasar a ejercer directamente. Siempre pasa, dentro de este pacto. Los civiles, los políticos no se comportan. Entonces hay que poner al Minotauro Militar al mando directamente. Ni más faltaba: serán ellos los que dirán qué Patria estamos traicionando ahora.

Y mientras tanto, seguiremos haciendo los que nos enseñaron nuestros abuelos: a negar la guerra, porque la guerra es fea, es muerte y hay que evitarla a toda costa. Sea permitiendo reincorporarse a la sociedad una y otra vez a los que empuñen sus armas contra la ciudadanía, sea como guerrilleros, sea como golpistas. Calmar a todo el mundo. Darle de comer a todos según lo que requieran, con la maldita renta petrolera allí, dispuesta siempre para la construcción de hegemonías y de alcahueterías.

Los abuelos que vivieron las batallas previas, temían a la guerra y nos inculcaban que no, que había que evitar eso. La generación del 1928, por ejemplo, eran los hijos y nietos de quienes vivieron la Guerra Federal, una batalla más de la larga guerra. Por eso, traumados y quizás acomplejados, se negaban a deshacer el monopolio de las armas, o la intromisión militar en el resguardo del orden público o incluso la descentralización y elección directa de gobernadores, que podrían “disgregar” a la nación y dejarla al arbitrio de “caudillos”, otra vez, como antes.

Implicarse o gangrenarse

Por eso y mucho más, hoy los venezolanos seguimos negando que esta guerra empezó con la Nación y forma parte de ella. Nos negamos a pelearla en el terreno que a cada uno nos corresponda, pues las guerras no se pelean solo con armas. Son las armas el recurso menor de las guerras, pues son las ideas y la razón, los valores y los principios las armas superiores.

Pero no. Aquí seguimos diciendo que “no hay guerra sino masacre porque hay un bando desarmado”. Con ese razonamiento, la Segunda Guerra Mundial no fue una guerra, pues la mayoría que murió estaba desarmada. Seguimos diciendo que una división de los militares “puede causar una guerra civil”, negando que esa guerra ya está en desarrollo.

Seguimos creyendo en una invasión, que no vendrá. Porque no es una invasión ni una intervención lo que vendrá, si es que acaso viene. Vendrá una participación, una implicación directa de los EEUU en una guerra ya en desarrollo. Los EEUU no pueden esperar otro Pearl Harbor ni otro 11 de Septiembre para participar en una guerra que también es de ellos, aunque no lo quieran. Porque esta historia no es aislada. Esta guerra que libra Venezuela, la ciudadanía venezolana rehén de las fuerzas del mal, se libra con la participación voraz del capital chino y ruso, del interés iraní y el sicariato cubano.

Y si EEUU aprendió de la historia, (que allá también se ignora, no se crean) se mueve rápido o se gangrena el continente.

Con o sin Trump. Con o sin elecciones. Con o sin Guaidó. La guerra está allí y negarla es inútil.