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Un último llanto sobre el cadáver de Acción Democrática | Por Daniel Lara

13/09/2018 5:23 AM

Daniel Lara Farías

Editor de La Cabilla. Internacionalista de formación y comunicador por vocación. Conduce el programa radial Y Así Nos Va por RCR 750AM de lunes a viernes a las 4 PM. En twitter es @DLaraF

Queridos compañeros:

Nos encontramos hoy aquí reunidos, para honrar la memoria de nuestra querida, respetada y recordada Acción Democrática.

No es para nosotros un momento fácil, pues la agonía fue larga, difícil y dolorosa. Décadas con dolencias, alegrías de moribundo que duraban hasta un lustro y la amarga soledad en los momentos de mayor dolor y sufrimiento físico, cuando solo los más cercanos y fieles eran testigos del mal momento.

Nuestra querida Acción Democrática, o simplemente AD, como la llamábamos quienes la queríamos, finalmente sucumbió al pasó de los años y a sus graves problemas de salud. El lamentable contagio del clientelismo que le cayó encima por el simple hecho de pertenecer a un entorno rentista, fue su mayor mal. Lo demás, solo fue consecuencia de eso.

El quiste en la cabeza, convertido en tumor cerebral, no pudo erradicarse nunca. Se le podía remover cada cierto tiempo y volvía a aparecer: un quiste en la cúpula, allí en la cabeza. Un quiste lleno de células malignas que no permitían la regeneración de las innumerables células muertas. Un quiste tan agresivo, que no solo permanecía en el mismo sitio por años, sino que además hacía que las células más jóvenes de la zona cupular, se atacaran entre si, evitando la salida de las células muertas por el proceso natural de regeneración.

Las amputaciones fueron muy dolorosas. Primero, hubo que extirpar órganos importantes. Luego, extremidades que eran bien extremistas y que fueron el lugar donde anidaron enemigos no solo del organismo de nuestra querida AD, sino también de todo el entorno donde nuestra amada ausente hizo vida.

¡Nuestra pobre Acción Democrática contagió a tantos!

Fue triste ver como poco a poco se le iban apagando las ganas. Desaparecían sus bríos. Empezó a convertirse en un cuerpo amorfo, irreconocible. Cuando se le pedían posiciones, respondía con consignas. Cuando se le pedían propuestas, respondía con cacofonías y hasta hablaba en lenguas, sin que nadie pudiera entenderla. Parecía como poseída en ocasiones. Como por ejemplo, cuando en el '83 le entregó todo el control de sus bienes, de sus ideas y de su legado a sus representantes de confianza en cada seccional, permitiendo que, contagiados del clientelismo como estaban, se hicieran adictos al erario. Allí vino lo peor: se corrompieron los nietos. No hubo manera de que en el futuro, tuviese con qué vivir una vejez apacible y digna, ante el patrimonio dilapidado por los bandoleros de la terrible adicción que la noble abuela no pudo controlar.

Culpa de los padres que le dejaron esos nietos inmerecidos.

Culpa de nosotros, los deudos de hoy, que lloramos al píe de su tumba lo que no pudimos detener cuando aún había tiempo.

¡Qué dolor tan grande! ¡Qué desgracia permitimos!

Una desgracia que vimos con horror cuando en 1993 los más degenerados de sus hijos y nietos la hicieron desheredar a Carlos Andrés, uno de sus hijos más consecuentes. Como una asociación de Caínes ensañados contra Abel. Como los hermanos de José vendiendo como esclavo a su hermano. Así pusieron a nuestra AD: a degollar a uno de sus hijos.

Esa fue quizás la última estaca en el alma de la pobre AD. Ya empezaba el organismo a fagocitarse a si mismo. Nunca se recuperó. La tristeza que en todo su entorno de fieles se vivía, terminó convirtiendo sus años finales en un largo velorio donde zorros, camaleones y hienas hicieron su agosto. Decían actuar a nombre de ella, cuando solo se robaban lo poco que le quedaba.

Se disfrazaban de familiares, solo para ver que les quedaba.

Se arriman hoy a la urna, cual plañideras de postín, para gritar que no, que no está muerta. Que aún respira. Que abrió los ojos y que todo fue un error.

Pero ya van dos décadas de muerte cerebral e inercia. Un cadáver que se alimentó por sonda, administrada por los peores de sus falsos herederos. Un cadáver al que una y otra vez se montó en el viejo caballo de campaña para pasearla por el país, como al Cid Campeador, para meter miedo a sus adversarios, que simulaban creer que vivía, solo para burlarse al final del triste espectáculo.

Ya todo ha terminado.

Gracias a dios, nuestra AD descansa en el sueño eterno de los que ya no pueden moverse, pues ni respiran, ni piensan.

Solo pedimos consuelo para sus deudos reales y resignación para sus herederos. Y sobre todo, esperamos el juicio que el creador le tiene reservado a aquellos que la sumieron en la agonía y la llevaron a la muerte, atormentándola con discursos de voz gangosa y palabrejas rebuscadas que solo buscaban lo obvio: ocultar con escándalos la evidencia de la muerte total.

Por ella, este nuestro último llanto. Que descanse en paz.

 

Post Escritum: A partir de este momento, quedamos en libertad todos sus deudos y querencias para pasar a llamarnos Post Adecos, tal como fue la última voluntad de nuestra querida AD, cuando nos enseñó a cantar: “Donde caiga a su vez cada padre, cada hijo el lugar llenará”.

Se acabó. Ya podemos dejar de ser milicianos y pasar a ser lo que deberíamos hace tiempo: ciudadanos.