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Rompiendo Filas | Por Edwin Rios

07/08/2018 9:33 AM

Edwin Rios

Puertorriqueño dedicado a la causa de la libertad. Participó por nueve años en las fuerzas armadas de los Estados Unidos. Egresado de la Universidad del Estado de Nueva York y de la Universidad de Phoenix.

Debo confesarlo, como soldado norteamericano estuve presente en un evento donde se rompió filas. Yo era parte de un pelotón de sargentos que estábamos en entrenamiento en una escuela técnica de reparación de generadores electricos. Estuvimos presente en ese curso del Fuerte Belvoir en Virginia mediante tres meses, pero es interesante cómo, aun en ese poco tiempo, uno llega a conocer bien a sus compañeros.

Hay que reconocer que se vive en condición permanente de proximidad muy cercana, a los otros soldados, en la vida militar. Se vive en las mismas barracas, se respira el mismo aire, se conoce los triunfos y las frustraciones de cada uno, y en ocasiones tiene uno que servir de terapista psicologico para el otro, de manera que el grupo se mantenga unido y motivado.

En ese ambiente, donde se revelan los secretos internos del pelotón, se entendía que el Sargento Miles era más gaseoso del grupo. Cuando estábamos en formación, parados en atención, yo aprendí a aguantar la respiración, y no sabía cuál de las dos era la condición más peligrosa: caer desmayado por falta de oxígeno, o caer desmayado por los peos hediondos de Miles. Pero en medio de la amenaza, siempre tratamos de mantener la disciplina y no rompíamos filas.

El Sargento Miles era un personaje curioso. Tenía una sonrisa permanente y era muy difícil entender cuando hacía maldades. Su mujer era coreana, y él mismo nos echaba el cuento de cómo su mujer fue americanizada. Resulta que ella le planchaba y le brillaba las botas pero, cuando llegó desde Corea del Sur a los Estados Unidos, y empezó a socializar con las esposas de los otros soldados, empezó a sentirse burlada por las mujeres del patio, que no doblaban el lomo de la misma forma por sus maridos. Esa era la gran frustración de Miles, pero aun así sonreía de oreja a oreja mientra echaba el cuento.

En un periodo de nuestro entrenamiento, nos tocó hacer entrenamientos de guerra, y el Sargento Miles, con esa misma sonrisa que escondía hasta la obsesión más grande del mundo, quiso manejar el camión de dos toneladas y media. Nosotros estábamos a gusto, porque eso nos daba la oportunidad de dormir en la parte trasera. Aunque el área de carga del camión tiene un banco en cada lado, donde se sientan los soldados, el piso lo llenamos con bolsas de arena, y encima de las bolsas, pusimos nuestras mochilas y pertenencias personales. Claro, la arena era para construir el soporte de las trincheras que haríamos en las áreas de resguardo. Se abre el roto de la trinchera, se tapa con una plancha de madera, y encima de la plancha se ponen las bolsas de arena. Y si me daban a escoger entre hacer trincheras o entre guiar el camión, yo prefería dormir y luego abrir trincheras, aunque pareciera mucho más fácil manejar un vehículo.

El camión militar se conduce en un convoy prácticamente en plena oscuridad. En condición de convoy, ningún vehículo puede usar luces blancas. La unica guia de dirección que uno tiene son las luces rojas traseras del vehículo que queda al frente de uno. Son unas luces mucho más pequeñas que las que se utilizan en los vehículos civiles. Y estas luces están diseñadas de tal forma, que si uno se aleja demasiado hacia atrás, las luces desaparecen. De manera que la corta frecuencia de las luces rojas y el diseño, evita que el convoy pueda ser divisado desde una distancia por el enemigo.

Claro, el que va guiando el primer camión del convoy tiene que tener puesto en los ojos un dispositivo infrarrojo, o algún dispositivo que amplifique la luz baja de las estrellas, para poder ver hacia dónde se dirige, pero los demás siguen las luces rojas de corto alcance. El problema está que cuando se mueven los camiones, se levanta el polvo de los caminos verdes, y el polvo impide la visibilidad de las luces rojas, que por ser rojas, ya son bastante difíciles de ver en plena oscuridad.

Pero Miles insistió en manejar, a pesar de que él también mantenía su sonrisa permanente debajo de dos culos de botellas. De manera que ya eran dos problemas. Las luces rojas, la ceguera de Miles, y junto a estos dos problemas, surgió otro. No podíamos dormir porque Miles quiso manejar el camión en segundo cambio durante todo el camino. El motor se escuchaba en altas revoluciones, porque Miles no utilizaba los otros cambios, y debajo de ese estruendo percibiamos al Sargento Rodríguez gritándole a Miles en su posición, encima de la capota, desde donde manejaba la metralla calibre 50. Pero el ruido del motor era tan alto, que el mismo Miles no escuchaba nada, mientras Rodríguez le pedía a gritos que tirara tercera, cuarta y quinta.

El resultado fue que nos fuimos por un barranco al lado del camino, y el camión término medio volteado. No nos volcamos de lleno porque veníamos arrastrando un trailer, y dentro de este trailer venían más bolsas de arena, las tablas de las trincheras, y alambres de púa. El peso del trailer evitó que el camión se volteara boca abajo. Pero el Sargento Miles seguía sonriendo, a pesar de que por poco nos matamos, a pesar que el motor del camión terminó quemado, y a pesar de que el camión estaba atollado sin posibilidad de seguir en el convoy.

Quedamos atollados y abandonados. La regla del convoy dice que la cadena no se puede detener ni romper por ninguna razón, a menos que el vehículo comando, el que va al frente, se detiene. De manera que los vehículos que venían detrás de nosotros siguieron de largo, y no fue hasta tres días después que vinieron a “rescatarnos”.

Fue como una mini vacación y pudimos recuperar el sueño perdido durante ese tiempo de espera. De manera que no sabíamos si maldecir a Miles, o si bendecirlo. Fue una decisión muy difícil, pero reconocimos que la cohesión de grupo era tan importante como la disciplina personal, y cuando preguntaron lo que había pasado, Rodríguez y Miles le echaron la culpa a las luces y al polvo. Y todos respondimos igual con una sonrisa de oreja a oreja.

Ya faltando un mes para terminar el entrenamiento, y estando de regreso en la base, estábamos parados en atención en otra formación de rutina, después del desayuno. Que raro, se respiraba un aire muy fresco. El sargento al mando dio órdenes para que se retiraran los que debían ausentarse del grupo. En ese momento, el Sargento Miles dio un paso hacia atrás, para desfilarse, y se dirigió de frente al sargento de mando, en su salida hacia una cita médica, y le dio el saludo militar de costumbre. Fue el único en retirarse, y estábamos contentos por el aire fresco.

Sí, fuimos felices hasta medio minuto después de haberse retirado Miles. En ese momento explotó una peste en medio del grupo que era más fuerte que las mismas bombas de gas lacrimógenos con que habíamos practicado. Era una peste como del peor vertedero que uno se puede imaginar. Todos empezaron a maldecir a Miles, por primera vez, después del incidente del camión. Por dejarnos esa bomba atómica retrasada, infinitamente enbolsillada, en plena formación; pero ya él se había retirado ligeramente.

A pesar de esa bomba atómica, yo pude mantener la disciplina y fui el único que pude sobrevivir la formación parado en atención, a pesar que los demás salieron corriendo. De algo me sirvió aquellos ejercicios donde yo aguantaba la respiración hasta casi el punto de desmayarme. Claro, ese fue un peo que rompió filas. Un peo tan genial que llegamos a llamarlo formalmente el “Señor Pedo Magistral”. Un peo que nadie jamás puede olvidar.

Pero toda esa experiencia me hace pensar de cuán bien el Sargento Miles podía esconder sus secretos dentro del pelotón, utilizando el escudo de una sonrisa permanente. Me parece que los verdaderos revolucionarios de nuestro tiempos tienen que ser así. Deben hacer pensar a todos los que están a su alrededor, que ellos conocen sus secretos personales, mientras que por el otro lado, ese mismo revolucionario te engaña en cada misión, hasta lograr el objetivo final de defender la democracia.

Con todo esto en mente, debo ahora hacer una segunda confesión. El que se tiró el peo fui yo. Fue el único peo que jamás me tiré en plena formación, durante ese entrenamiento. Y aunque es usual que el peo le apesta menos al que se lo tira, debo admitir que aun para mi fue bastante detestable. Un secreto que, hasta ahora, había mantenido por más de veinte años.

Así se ganan las revoluciones.