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Propaganda de guerra y para la guerra | Por Daniel Lara Farías

21/08/2018 5:53 AM

Daniel Lara Farías

Editor de La Cabilla. Internacionalista de formación y comunicador por vocación. Conduce el programa radial Y Así Nos Va por RCR 750AM de lunes a viernes a las 4 PM. En twitter es @DLaraF

I

Ya nos habían mostrado el camino a recorrer. Cuando Delcy Rodríguez le dijo a José Vicente Rangel que “la revolución era una venganza personal”, se estrenaba por todo lo alto en el cargo de Vicepresidenta. Con esa declaración de principios, dejaba claro cuál sería la meta de su gestión, de esta etapa que le toca ejecutar. Ejecutar, es el verbo. A ejecutar vienen los Rodríguez.

El régimen le ha dejado a los hermanos Rodríguez la labor de sicariato final para llegar al camino que requieren: la guerra. La violencia azuzada y la imposición por la fuerza del Estado chavista sobre lo que queda de los venezolanos. Arrasar con todo vestigio de lo que se conoció una vez como la República, es la labor en esta etapa.

Y empezó con la Constituyente, en la cual Delcy Rodríguez hizo el trabajo inicial y fundamental de armar el entramado jurídico del mal que se impondrá por la fuerza. Hecho el trabajo, podía dejársele la ANC en las manos a Diosdado, para que juegue, se entretenga y sienta que de verdad es poderoso aún, aunque cada vez más huela a lo contrario.

Delcy y Jorge, los vengadores. O los ejecutores. ¿A quien vengan? ¿A la órden de quien ejecutan? A la orden de Cuba. Porque de eso se trata todo: de la entrega completa, quizás fusión (como plantea Agustín Blanco Muñoz con su concepto de Venecuba).

La operación es política, pero también militar, policial y psicológica. Como toda guerra, claro. Pero quedan algunos pasos que darán, porque no han empezado del todo. Aún no.

 

II

Lo primero y más importante a estas alturas, es conocer, reconocer y asumir que en una guerra, como esta que se libra contra la República, la primera víctima es la verdad. Toda “noticia” emitida por el régimen, sus agentes, secuaces o entes manipulados, debe verse como propaganda, no como información. Es una recomendación sana que debemos asumir precisamente hoy, cuando la “hegemonía comunicacional” es una realidad palpable.

Mucho más, cuando en el afán de “informarse”, los ciudadanos caemos en el juego de los “análisis” de whatsapp, de twitter anónimos y de páginas fake news de Instagram, Facebook y Youtube. Así, se repiten una y otra vez datos imprecisos que de tanto repetirse los quieren convertir en verdad. Goebbels lo dejó claro en su momento, el régimen chavista lo hace a la perfección.

Siendo así, es evidente que la detención y posterior tortura y exposición del diputado Juan Requesens no es otra cosa que un acto de guerra. Han tomado como rehén y como víctima a un personaje con el cual se hacen cosas notables:

1.-Se le involucra en un intento de asesinato de Nicolás Maduro.

2.-Se le obliga a involucrar a Julio Borges en el intento de asesinato de Maduro.

3.-Se llama a la indignación general de todo aquel que se identifique con la víctima de la tortura evidente, pues a esta hora nadie duda que Requesens ha sido torturado, como lo son todos los presos políticos de este régimen.

 

¿Qué se busca con la exposición de Requesens? Pues insuflar el ánimo de los ciudadanos que, hasta ahora, pensaban en salidas democráticas al régimen. Descartada la hipótesis de la salida electoral, estaba el escenario lo suficientemente construido para que el derrotero de la violencia se hiciera presente. Con el atentado del sábado 4 de agosto, obviamente se llegó a ese lugar. Por supuesto, dirán muchos que no, que no creen en esas salidas violentas. Seguramente es así. Pero ninguna de las guerras vividas por Venezuela han sido guerras de mayorías, ni siquiera la Guerra de Independencia. Las guerras las hacen minorías armadas, insufladas y decididas a matar para alcanzar el poder.

Una minoría, un grupo que hasta ahora se determina como muy pequeño, casi una célula, se armó y actuó el 4 de agosto de 2018 intentando matar a Maduro, sin más. Sin esperar seña ni lineamiento político. Se armaron y actuaron. Se fueron a la guerra o la guerra llegó a ellos. Da igual. Actuaron.

Y al actuar, con toda la fuerza que pudieron encontrar, se quedaron cortos. No sabemos si fallaron o si en realidad el asesinato físico no era el objetivo real. El tiempo dirá. Pero en este momento, el hecho es que el régimen trata de utilizar el hecho, como siempre, a su favor. En todos los escenarios de violencia, el régimen ha ganado porque tiene la fuerza y los recursos para hacerlo. Cuenta además con la larga infiltración en el seno del liderazgo político opositor, ya de por sí lo suficientemente bisoño como para fracasar sin que lo infiltren. Pero con lo que se espera contar ahora, que se dibuja libremente en el derrotero violento, es con la justificación del hecho. Los chistes, memes y comentarios de las bases populares van por el mismo camino: “Qué lástima”. “Por unos metros estaríamos celebrando”.

Esos ciudadanos que ven a Requesens mostrado por el ejecutor Jorge Rodríguez, al ver el estado en el que se le presenta al país, desdibujado, expuesto como un ratón del laboratorio del Dr. Mengele en quien se prueba algún medicamento nuevo, el pensamiento fue unánime: “A estos malditos hay que matarlos”.

Es ni más ni menos, el efecto de la propaganda de guerra. Validar las acciones de guerra, justificarlas, aprobarlas, apoyarlas y legitimarlas.

En pocas palabras, el régimen tiene que obligar a como de lugar a la gente a sentir que el atentado se justificaba. Que matar a Maduro o algo parecido, el mero intento, es lo lógico.

De eso se trata. El asunto es ¿Para qué?

III

La razón es más o menos evidente y la gente la ha entendido de forma instintiva cuando pone en duda que el atentado sea producto de una acción genuinamente opositora y no un “montaje del régimen”. El ciudadano común, el que no toma decisiones pero las padece, de forma básica verificó que en cada evento violento que se ha puesto en el camino del régimen, este sale no solo ganador, sino fortalecido. Una revisión sencilla así lo revela, sin aspaviento:

1.-Los eventos del 2002 que sacaron a Chávez del poder por horas, lograron a su regreso poner en bandeja de plata la purga necesaria en las FAN y el propio grupo gobernante. Al final de ese proceso, el régimen no solo se mantuvo en el poder, sino que logró descabezar a Fedecámaras y dejar fuera de circulación a varios personeros políticos que se anotaron mal en el “Carmonazo”.

2.-La “Toma de la Plaza Altamira” puso al descubierto a todos los que dentro de las FAN se oponían a Chávez. No hizo falta inteligencia, contrainteligencia ni peines: voluntariamente fueron los descontentos a dar discursos en una plaza atesta de gente que sentía que, de verdad, estaban tumbando al gobierno en cada uniforme que se aparecía en esos predios. AL final de el “altamirazo”, no quedó títere con cabeza dentro de las FAN. Control absoluto, hasta el día de hoy, del estamento militar. Sin fisura alguna.

3.-El Paro Petrolero, paralelo al “altamirazo”, a su vez le entregó al régimen el control total y absoluto de PDVSA y su cadena logística y capacidad de negocios. Y como cosa del diablo, logra el régimen tomar el control total de la industria meses antes de que se disparen los precios del petróleo hasta alcanzar y superar los 100 dólares por barril. Nada más y nada menos.

4.-”La Salida” en 2014 significó, otra vez, la demostración de que en los escenarios de fuerza, el régimen gana. No solo no se avanzó ni un ápice, sino que se entregó, otra vez en bandeja, a buena parte del liderazgo político que cayó en las cárceles o cayó en el descrédito al no “apoyar la calle” o que quedó al desnudo al anotarse en las “negociaciones”para “normalizar” las cosas.

5.-La “Resistencia” del 2017 ¿Qué dejó? Un reguero de muertos, tragedia, persecución, exilio, cárcel, dramas personales, familiares y políticos. Pero el régimen sigue allí. Sin que sirva de nada la estupidez de afirmar “los dejamos desnudos frente al mundo como una dictadura”. Al mundo que soportó a Mugabe, a Saddam, a Gadaffi y que soporta a Al Assad, Raúl Castro y Kim Jong Un, no le interesa ni le preocupa la desnudez de ningún tirano.

Por todo eso la gente duda. Porque sabe, por instinto de supervivencia. Que en los escenarios de fuerza ensayados hasta ahora contra el régimen, al no haber una fuerza superior, el régimen se fortalece. Cualquier ciudadano puede concluir: si con un acto violento el régimen sale fortalecido, todo acto violento lo hace el régimen para fortalecerse. Y descabellado, en el fondo, no es.

IV

¿Fue “un montaje del régimen” el atentado del 4 de agosto? En mi opinión no lo fue. Fue algo peor: la demostración de que hemos llegado a la guerra, pues el régimen de la guerra consiguió o forzó a construir a un contendor. No es descabellado imaginarse cuantas operaciones más se deben estar armando en este momento. No hay que ser muy inteligente para imaginarse que las operaciones financieras, logísticas y militares para montarse de lleno en la acción violenta contra el régimen, deben estar a toda máquina en ciertos círculos. Y el convencimiento adicional de que es la única vía posible para acabar con el régimen, ya cogió cuerpo dentro y fuera del país.

Pero para una guerra hacen falta al menos dos. Por eso, mientras se ejecutan acciones de control interno desde el punto de vista económico, legal y político desde el Estado (reconversión, leyes cambiarias y de control de inventarios y propiedades, etc), se desarrolla lo obvio: mayor control del estamento militar, mayor exigencia interna de lealtad, aumento del control de Cuba sobre la seguridad personal de Maduro y, sin que hasta ahora se haya evidenciado el movimiento, de seguro emergerá un movimiento drástico de control policial enérgico en la acción del Estado. Esto es, un Estado Policial, que requiere un superpolicía, con alcance político suficiente como para ser temido dentro y fuera del régimen. Todos los totalitarismos llegan a eso y todos los regímenes de este tipo tienen a su esbirro mayor. Beria para Stalin, Himmler para Hitler, Roger Lafontant para Duvalier, Manuel Piñero “Barbarroja” para Fidel, Pedro Estrada para Pérez Jiménez. Ese personaje fue un tiempo Miguel Rodríguez Torres. Caído este en desgracia por las acciones contra los colectivos, queda preguntar ¿A quien se le entregará “todo el poder” del Estado para en lo militar y en lo civil, en lo político y en lo económico y social, tener contra la pared al país, permanentemente, en esta etapa de guerra que se prepara desde ya?

Y lo peor ¿Dónde esta la clase política genuinamente opositora que se prepare con claridad de mente y fortaleza de espíritu para conformar el movimiento que ponga la política por encima del fusil y, finalmente, lograr los apoyos internacionales para ganar esa guerra?

Hasta ahora, solo hay preguntas. Solo queda esperar.