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País de caciques divinales y amor brujo del poder | Por Samuel Hurtado

08/04/2019 11:30 AM

Samuel Hurtado

Sociólogo y antropólogo venezolano de origen español. Autor de numerosos libros, es un dedicado estudioso de la cultura venezolana y de la sociedad nacional en su conjunto.

Y este don de morir, esta potencia

degolladora de dolor, ¿de dónde

viene a nosotros? ¿En qué dios se esconde

esta forma siniestra de clemencia?

 

Una sola divina descendencia

a esta zona de sombra corresponde.

Si tú hablas a un dios, cuando responde,

viene la muerte por correspondencia.

 

Si no fuera cobarde, si, más fuerte,

en un rayo pudiera por la boca

expulsar este miedo de la muerte,

 

como este inmortal encadenado

sería puro en el dolor. ¡Oh, roca,

mundo mío de sed, mundo olvidado!

 

Antonio GAMONEDA: “Prometeo en la frontera” de

Sublevación inmóvil. En Edad, Madrid: Cátedra, 1987:

101-102, Soneto II.

 

En vela por el poder, siempre lo humano se debate en la frontera de la belleza y el dolor como un dios encadenado (atrapado).

Y siempre algo humano original reconduce el trance fronterizo hacia el control de las fuerzas salvajes de la belleza que con dolor puja por hacerse invisibles bajo la máscara de lo divinal.

Bajo este endiosamiento, despertamos viéndonos jugar algún papel en el enamoramiento del poder que logre el control de lo visible e invisible. Y siempre algún escenario de la vida cotidiana ofrece el espectáculo de ese juego inconsciente y la jerarquía de los actores sociales involucrados: el poderoso y el sometido.

Estábamos sentados en la sala del Banco Provincial. La vieja señora regresó de “Atención al cliente” con cierta desazón. Por fin se acercó a la caja n° 1, y parece que estuvo allí atendida. Antes de salir del Banco vino a encontrarse conmigo, supuestamente para despedirse pero lo hizo en son de desquite consigo misma, como recogiendo su desahogo depositado en mi persona:

-Me dicen que lo mío está en el proceso.

-¿Y entonces?

-Que ellos hacen lo que les da la gana.

-Bueno, eso parece que es la ley en el país.

-Aquí los que mandan, son los que arrean.

Me remató en la confidencia:

-Como lloré un poco me atendieron.

En todo lo ancho y largo de la lengua de Castilla, lo que se arrea es al ganado y a las bestias, y lo hace un caporal. En lo humano, además, para que te arreen despachándote atención, tienes que humillarte, especialmente en Venezuela, donde no funcionan las instituciones. Su expresión consiste en hacerte el llorón, es decir, afeminizarte, aún siendo mujer. La cosa puede, sin embargo, agarrar el bucle de tío conejo, y el lloro convertirse en ardid o treta para sacarle ganancia al señorón de tío tigre[1].

Lo que comenzó como foco de atención al ganado y las bestias en cuanto lo natural salvaje, en el marco social de lo humano termina en un tejido cultural con propósito de hacer el camino posible hacia la sociedad. En este intento podemos quedar entrampados entre lo divinal y el poder (político), entre el cacique (mandamás) y el amor brujo como juego para adquirir el control de las fuerzas invisibles del consenso iniciático o sometimiento tribalesco.

¿Cómo ocurre este entrampamiento (como Prometeo encadenado) en la política venezolana?

Lo dirán las claves de la cultura antropológica: la matrisocialidad.

En 1995, Carlos Andrés Pérez en su segunda presidencia al frente del país, ya estaba destituido y encarcelado en El Junquito. En coloquio en la Sala de Francisco de Miranda, de la Universidad Central de Venezuela, me atreví a decir que si soltaban a Carlos Andrés y le dejaban recorrer de nuevo el país, el pueblo venezolano se dejaría seducir porque siempre está esperando la seducción por parte de un jefe divinal (seductor nato con sagacidad de la coba). Y en aclamación histórica como ya ocurrió en el país, restituirle en la presidencia de la república[2].

No aconteció el hecho. Carlos Andrés Pérez tuvo que aceptar su fatal destitución. Pero si ocurrió el hecho en su contrincante en lid por el poder, Hugo Rafael Chávez Frías, pese a protagonizar el golpe de estado militar el 4 de febrero de 1992. El golpe fue fallido y Chávez tuvo que ir preso a la cárcel de San Francisco de Yare en Los Valles del Tuy. A dicho teniente coronel, se le permitió una breve alocución por televisión justificando su rendición donde concluyó con la consigna de “por ahora” que sirvió de gancho para articularse con la imaginación popular; y también se le permitió, sobre todo, después de dos años preso, el sobreseimiento de la causa por parte del nuevo presidente de la república, Rafael Caldera, con que se le devolvieron todos los derechos políticos. Suelto del todo y con todas las posibilidades de recorrer el país, el resultado de la seducción del país por Chávez, y la espera del pueblo para dicha seducción, lo tenemos después de 20 años de destrucción del país por el chavismo en el poder del estado.

En situación regresiva profunda por la crisis financiera de los años 1990, cuando el pánico a la realidad se eleva a altos grados de temperatura (Zambrano, 1988), la producción mítica en pro de un líder carismático se encontraba en plena concepción. En ese tiempo crítico, los mecanismos de defensa colectivos se vinieron abajo, y la insalivación seductora creó las expectativas de una sociedad elemental para vivir a gusto divinalmente. La cultura matrisocial, primitiva en el placer y psicológicamente superficial, remaba a favor de dicha seducción; entonces quedó esperando que de su vientre de significaciones le saliera un líder, un nuevo cacique con carácter de caporal que le arreara como debe ser en el hato llanero y se encaramara por los espacios de los dioses, un comandante eterno. Eran las expectativas de final del siglo y comienzos de otro, tiempo mítico para dejar lo viejo y adoptar a “nuevos hombres y nuevas leyes” como se rezó en el recodo político de 1900 con los andinos en el poder. El mito en la historia se repite aunque no exactamente (Dodds en Devereux, 13).

Si la civilización se acompaña de una psiquiatrización (Genis, 64), la repercusión en la fractura de la personalidad cultural de los pueblos viene como consecuencia. Esta fractura etnopsiquiátrica no acontece en el caso venezolano: con la carga de la significación matrisocial, el pueblo venezolano sigue viviendo en un mundo encantado por dioses de la magia. En su política, el comportamiento es presidencialista; el elegido presidente goza de un modo absoluto de los atributos divinos de la majestad del estado, al mismo tiempo que el carácter patrimonialista del estado le otorga el ser dueño del país y disponedor de todas las cosas del país. Lo ‘gomero’ (del dictador J. Vicente Gómez) hunde sus raíces en el autoritarismo caciquil (del mandamás o caudillo) inscrito en el edipo venezolano, que a distancia del cacique indio de sociedad simple (comunidad), el cacique nacionalitario está macerado como correoso de hacienda, mejor aún de hato llanero[3], que supone un cacique caporal.

Antes de llegar a especular sobre la psiquiatrización con miras a un diagnóstico de la patología o anormalidad de la sociedad y sus caciques[4], como antropólogo (etnopsiquiatra) preferimos observar la normalidad otorgada por los valores culturales; sin embargo, el clivaje de lo matrisocial aunado con lo ideológico socialista, invita a detener la observación en cómo surge el salvaje interior y su amenaza (González, 2019) autocumplida en la población venezolana, especialmente hoy día; auto-cumplimiento del salvaje interior detectado como primer plano no sólo en la política, sino también en el decurso de la sociedad. Porque nos ha salido un cúmulo de caporales para la reseña histórica de la ‘sociedad salvaje’. ¡Qué lejos estamos del proyecto de sociedad como invento de la inteligencia humana! (Marina, 2011; García Bacca, 2004).

Época titánica como nunca en nuestra historia, esperando a gritos que nos salga de nuestro vientre matrisocial un caporal auto-cumplido, con ribetes de majestad divinal, dueño de toda gracia (carisma) y milagros (encantos) en transcurso de magia brujesca cruzando los andares de la alta política (Placer, 2016), ya sin período de dirigencia trabajosa sino de dominación placentera donde el embrollo o revoltijo social permita cuadrar la vida como reposo sin fin. Es la dominación que hunde sus raíces en la matrisocialidad como una honda dependencia, desde la madre e hijo a la del jefe-súbdito (esclavo), y hasta la de la diosa (María Lionza) y el fiel devoto (Hurtado, 1998 y 1999).

El jefe (caporal), el poder y lo divinal, se atraviesan sin decantación en la historia de la cultura venezolana. Aunque Rómulo Gallegos encadenó en sus novelas la locura venezolana esperando el surgimiento de una raza buena y trabajadora, y el psicoanalista Raúl Ramos Calles, monitoreado por R. Gallegos[5], tuvo que encerrar a los personajes, novelados por Gallegos, en el manicomio (psiquiátrico), los antropólogos no nos queda otro remedio que captar la locura venezolana en las calles y casas de la ciudad y el campo , y observar también la locura del gobernante no tanto como psiquiátrica vía su patología personal, según el negativismo de Freud, sino en la culturalización positiva que asume el poder como la afirmación esencial de una sociedad, en este caso en los límites de su existencia como la venezolana actual, y, diríamos, de la Venezuela de siempre.

Carlos Andrés Pérez y Hugo Chávez no estaban locos de manicomio, si hubiera sido así hubieran perdido el poder rápidamente (en unos meses, como le ocurrió a Bucarán en la república del Ecuador). Tal fue el diagnóstico del médico psiquiatra, José Luis Vethencourt en una entrevista en el año de 2002.

Más pronto nos informamos de dicho diagnóstico, levantamos el teléfono y nos comunicamos con Vethencourt, uno de mis guías en el estudio de la familia en Venezuela:

-Aló, Aló…OK…Chávez no está loco de psiquiátrico, pero está loco de Sortes[6].

-Eso sí, y mucho. Ustedes los antropólogos deben desarrollar ese tema. Venezuela está inmersa en esa locura como digo en mis artículos… [(Véase, Vethencourt, 1974, 1983, 1990 y otros)].

Colgamos el teléfono. Entonces rebuscamos en la entrevista a Salvador Garmendia del año 2000. Al final el periodista le pregunta al novelista:

“-¿El país está loco?

-No, si estuviera loco sería feliz. Está medio loco y eso es peligroso”

Los marcos de la locura y del amor están asociados, pero cuando esa asociación está animada por lo brujesco, el encanto del poder se torna una locura de dioses. Ese es el embrujo de la política venezolana, la mayor industria de siempre en Venezuela como constatamos estudiando los documentos de Pedro José Rojas, plenipotenciario de Guzmán Blanco en 1876, comparándolos con la realidad documental de 1976 (Hurtado 1990); con perdón del cacao, del café y sobre todo del petróleo, los renglones punta de la economía histórica venezolana.

Todos a vivir del estado patrimonialista, donde el político se transfigura de caporal en una sociedad compleja. Hacer carrera política, con sabiduría o con ignorancia (esto priva sobre aquello) es el atractivo o encanto más despejado en el país, y con ello manejarse bien en el transcurso de la suerte en las campañas electorales. La política se reduce a la carrera del tránsito electoral: “De las guerras civiles hemos pasado a un estado de campaña electoral permanente” (Liscano, 2015).

¡Espejismos con encanto de los líderes políticos!: todo comienza en el caos presentido en la debilidad del gobierno, y retorna al caos de los pretendientes a ser candidatos a las elecciones. Todo venezolano es candidato a ejercer su caciquismo edípico, porque ya desde su desorden o caos de lo social, han sido producidos como caciques posibles. No había trascendido la fecha del 10 de enero de 2019[7], pero ya presintiéndola, comenzaron a salir nombres de postulantes para candidatos a las ‘elecciones libres’ prometidas por los nuevos grupos políticos de la llamada oposición, pero también de antiguos chavista postergados.

Los líderes de oposición siempre que tienen la creencia que el gobierno populista (socialista) aparece como débil, les salen las uñas como garras con la vista puesta en el poder del estado. Entonces comienzan a darle palos a ese globo inflado que acaba explotado de desilusión: no había ni los caramelos que suelta el muñeco de la piñata infantil. ¡Amor brujo del poder¡ Todo el deseo se agota en un amor o enamoramiento del poder y con miras al poder. Al fin como los borrachitos de calle se lanzan a la pelea electoral, que ni siquiera ha comenzado, y se lanzan enloquecidos por adueñarse de la botella vacía encontrada en la esquina de la ciudad, es decir, sin juzgar las condiciones de posibilidad (razonamiento) ante el momento de alcanzar el poder.

[1] Alusión al popular cuento venezolano de Tío Tigre y Tío Conejo.

[2] Abraham Genis que asistió a coloquio constata esta interpretación y su acogida afirmativa por el público asistente, en comunicación con motivo de nuestro reencuentro interpersonal dentro de su intervención en el lanzamiento del libro Familia un Arte Difícil, Caracas: Fundación Venezuela Positiva, 2000, ver página 280.

[3] Hay una diferencia notable entre hacienda y hato en Venezuela. La hacienda implica una agricultura (maíz, sorgo, arroz…) con diversificación de la producción donde se incluyen acaso hortalizas, algún conuco para los obreros peones, y ganado para la producción de leche y queso y aún de carne. El hato se refiere a la cría de ganado cimarrón. El cimarrón es un animal de monte y se aplica a ese ganado mayor, vacuno y mular, que se desarrolla libremente en la naturaleza, sin inversión alguna de tecnología y trabajo, únicamente el grupo de trabajo de peones que realizan la ubicación para ser obtenido con la técnica del rodeo. Supone más que la hacienda una gran extensión de terreno sabanero posible en los llanos venezolanos. La producción de carne es el principal producto del hato.

[4] Véase Genis, 64-66: “Sin duda ese ‘macho dominante de la manada’ que es el político, constituye una minoría entre sus congéneres. Está sometido a relaciones de intensa competitividad con sus semejantes. Y el ejercicio del poder le origina conflictos de altísima tensión. Si se agregara,…, que el ejercicio del poder corrompe a los que lo ejercitan, y genera con toda facilidad una verdadera enfermedad adictiva, se habrá demostrado que,…, la psiquiatría puede brindar aportes insustituibles para el funcionamiento de una nación en su totalidad” (p. 65); Canetti habla del aguijón del poder que se clava primero en el ejecutante del poder para después clavarse a su sociedad, y todo ocurre como amenaza en proceso de ser cumplida (2007: 388).

[5] Comunicación personal de Ramón J. Velásquez con ocasión de un encuentro preparando el simposio sobre Las inmigraciones a Venezuela, en la Fundación Francisco Herrera Luque en 1998.

[6] Sortes es el lugar más conocido de la montaña mágica donde habita la diosa María Lionza en el estado Yaracuy de Venezuela. Por lo tanto se trata de una locura cultura, es decir, producida por los significados o sentidos de la cultura, cultura que nosotros venimos conceptualizando como matrisocial.

[7] Fecha en que la constitución de la república dice que se le venció a Nicolás Madura su período como presidente de la república, pese al artilugio de las elecciones del 20 de mayo de 2018, y pese a haber levantado una asamblea constituyente a su medida, para justificar con suerte su permanencia en el poder.

Referencias

CANETTI, Elías (2007) [1960]. Masa y poder. Madrid: Alianza/Muchnik.

DEVEREUX, George (1989). Mujer y mito. México: Fondo de Cultura Económica.

GARCÍA BACCA, Juan David (2004). Ensayos y estudios II. Caracas: Fundación para la Cultura Urbana.

GARMENDIA, Salvador (2000). “El país no sabe hablar”. El Nacional, Caracas 23 de julio. Entrevista por Rubén Wizotski.

GENIS, Abraham (1994). Corrupción y poder en Venezuela. Caracas: Centauro/94.

GONZÁLEZ, Guillermo (2019). “El socialismo saca nuestro salvaje interior”. Panam Post, 5 de enero

HURTADO, Samuel (1990). Ferrocarriles y proyecto nacional en Venezuela, 1870-1925. Caracas: ediciones FACES, UCV.

HURTADO, Samuel (1998). Matrisocialidad. Exploración en la estructura psicodinámica básica de la familia venezolana. Caracas: ediciones FACES, UCV.

HURTADO, Samuel (1999). Tierra nuestra que estás en el cielo. Antropología política latino-americana. Caracas, Consejo de Desarrollo Científico y Humanístico, UCV.

LISCANO, Juan (2014). “De las guerras civiles hemos pasado a un estado de campaña electoral permanente”. El Nacional. Constructores de la democracia. Caracas, 3 de agosto. 72 aniversarios.

MARINA, José Antonio (2011). Las culturas fracasadas. Barcelona: Anagrama.

PLACER, David (2016). Los brujos de Chávez. La magia como prolongación de la política. Barcelona: Ediciones SARRAPIA.

RAMOS CALLES, Raúl (1984). Los personajes de Rómulo Gallegos a través del psicoanálisis. Caracas: Monte Ávila editores.

VETHENCOURT, José Luis (1974): “Estructura familiar atípica y el fracaso histórico cultural en Venezuela”. Revista SIC. Caracas, febrero: 67-69.

VETHENCOURT, José Luis (1983). “Actitudes y costumbres en relación con los roles sexuales tradicionales. El mito de la pasividad femenina”. En Ministerio de Estado para la Participación de la Mujer en el Desarrollo, Venezuela: biografía inacabada, 1936-1983. Caracas: Banco Central de Venezuela, 503-526.

VETHENCOURT, José Luis (1990). “En torno a la psicología del venezolano”. Nuevo Mundo, Caracas, marzo-abril: 115-134.

ZAMBRANO, María (1988). Persona y democracia. La historia sacrificial. Barcelona: Anthropos.