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Nosotros, los expulsados | Por Daniel Lara Farías

26/07/2018 7:07 AM

Daniel Lara Farías

Editor de La Cabilla. Internacionalista de formación y comunicador por vocación. Conduce el programa radial Y Así Nos Va por RCR 750AM de lunes a viernes a las 4 PM. En twitter es @DLaraF

I

A los venezolanos en estos duros momentos que nos toca vivir como ex-Nación, nos cuesta muchísimo separarnos de una de nuestras taras nacionales al momento de analizar la actualidad: la creencia de ser importantes para el mundo e incluso de ser el centro del mundo. De verdad, creemos que el mundo sabe donde queda Venezuela. Estamos seguros de que a cualquier confín del planeta donde vayamos, nos reconocerán y nos preguntarán por el Miss Venezuela, por las arepas, por el Salto Ángel y por la espada de Bolívar.

Y por más rebeldía personal que pueda uno tener por esos mitos fundacionales que nos convirtieron en taras nacionales, siempre es igual. A mi me costó entender que el mundo es pequeño y grande a la vez, tan pequeño como para que uno se encuentre venezolanos en cualquier confín y tan grande como para que yo, como venezolano, no sepa lo que es un tigriña.

Un roghinya no tiene idea de dónde queda Suramérica. Quizás, sabrá qué es América y de forma indefectible pensará en the stars and stripes. En la estatua de la Libertad. En Trump. Y hasta ahí. Lo mismo, un checheno no debe tener ni idea de que existe el Humboldt en el medio del Ávila, ni un pashtún sabe qué es una arepa.

“No somos nada” diría una abuela en el velorio.

Y no es ignorancia per se. Es interés. ¿Para qué demonios quiere uno saber qué lengua hablan en Eritrea, qué religión profesan los chechenos, qué hacen los jóvenes cameruneses en su tiempo libre o cuál es la comida típica de Togo? Quizás lo investigue por curiosidad, o lo lea en una Selecciones o en una cuña de Travel Channel. Pero no es algo que a uno le interese saber.

Así, es necesario entonces herir un poco ese falso orgullo nacional de ser “un gran país”: al 90% del mundo no le interesa saber qué ocurre en Venezuela. Y quizás ni siquiera saben donde demonios está, si es un país o un estado más de los EEUU o una parte de Brasil.

Quizás, en algún titular o alguna portada se hable de Venezuela, si es que acaso pasa algo digno de ocupar un espacio en el tiempo de algún periodista. Sea porque la Masacre del Junquito merece que algún medio alemán ponga a Maduro como “El Carnicero”, sea porque las previsiones de una inflación de un millón por ciento merece algún titular en el apartado de “curiosidades” de las páginas de finanzas de algún medio, por allí en algún rincón del mundo. Pero solo eso y nada más.

No somos nada. Empecemos por ahí.

II

Esa particular búsqueda de la grandiosidad, de la grandeza supuesta de una Nación que siente que el mundo entero está pendiente de lo que le pasa, es la fórmula usada ahora para hablar de nosotros, los que nos fuimos. Resulta ser que ahora ni somos migrantes ni somos expatriados. No. Somos algo más importante, más arrecho: Somos La Diáspora Venezolana.

Imagínate. Casi que nuestras aventuras están en el Antiguo Testamento.

Y por supuesto, como es una cosa importantísima, esa “Diáspora” tiene representantes, líderes y “tiene que organizarse”, siempre en función de los superiores intereses de la gran Nación que es Venezuela. Y por supuesto, faltaba más, esa “Diáspora” necesita financiamiento para “lograr sus objetivos”.

Ningún portugués, español, italiano de los años 50-60-70-80 que se fue de su país a buscar una mejor vida en el otro lado del océano, salió a llamarse “Diáspora”. Tampoco lo han hecho los millones de latinoamericanos que se han movido a lo largo de los años del sur al norte, del centro al sur, del Caribe al sur y desde cualquier punto hacia el norte y sus quimeras. Ni lo han hecho los georgianos y chechenos huyendo del infierno euroasiático, ni los kurdos huyendo de los iraníes o de los turcos o de los iraquíes o de los sirios. Tampoco lo han hecho los africanos que prefieren montarse en una patera a jugarse la vida en el mar, antes que quedarse en la tierra que los vio nacer.

No hay nada épico en esta desgracia. Quizás, tampoco hay desgracia, diría un guatemalteco o un dominicano o un colombiano o un cubano: desgracia es tener que quedarse en el país donde pasas hambre. Desgracia es no tener futuro a la vista. Desgracia es no tener medicina para curarte o lugar donde trabajar honestamente para ganarte la vida. Siendo así ¿Por qué hay que teñir de épica algo que los pueblos tienen siglos haciendo? ¿Por qué darle cariz trascendental a una cosa que el homo sapiens hace desde que el mundo es mundo, es decir, moverse al sitio donde hay más recursos y posibilidad de sobrevivir?

No estamos haciendo historia. Aunque sí, la historia se está escribiendo y formamos parte de ella.

La única forma de que veamos el asunto de forma lógica, es saliéndonos del nivel microscópico con el que se evalúa la política bacterial venezolana. Tenemos que entrar al nivel global para entender, que no somos más que una pequeña parte de la ola global de movimientos migratorios, donde los países en quiebra económica, política y cultural, terminan expulsando a millones de ciudadanos de la tierra donde nacieron, para que estos se recoloquen en sitios donde sí son requeridos, por su mano de obra, por su conocimiento, por su posibilidad casi infinita de reproducirse por encima de la media en países donde la población envejeció y la gente joven no ve la necesidad de formar familias grandes, ni siquiera pequeñas, en el corto plazo. Así, esa gran masa de población anciana, dependiente de la pensión y de los cuidados del Estado, no tiene jóvenes trabajadores que coticen a la seguridad social.

Tienen que cotizar los que migran. Los expulsados de sus tierras, recibidos, no sin recelos, en los países donde el Estado de Bienestar necesita contribuyentes y no los está pariendo. Los tiene que importar.

III

El sitio para evaluar esta realidad no es ni los medios de comunicación ni las tribunas de los demagogos que están poblando el escenario político europeo. Allí, se tendrá una visión algo distorsionada del asunto. Con discursos teñidos de la bastardía política de la izquierda o del tremendismo protoconservador de escandalosos derechistas supuestos, que no aguantan un simple examen de conocimientos de geografía física, demografía y economía básica.

Yo la realidad la estoy viviendo en el aula de clase de mi curso de alemán. Digo que la estoy viviendo, no me la están contando. Y me di cuenta de eso esta semana, en un simple ejercicio en medio de una clase donde la tan mentada Globalización estalla en la cara del más desprevenido observador. Se explica así, para arrancar:

- 1 profesor de alemán, de origen egipcio.

- 5 afganos, de la etnia minoritaria pashtún (los farsi o iraníes son mayoría en Afganistán).

- Tres venezolanos. Incluyéndome

- Una etíope.

- Dos rusos, padre e hija.

- Un palestino.

- Un libio.

- Dos kurdos de origen turco. O turcos de origen kurdo. O como sea.

Ya por allí, estamos en un capítulo de alguna novela llamada Babel o algo así. Luego, hagamos las revisiones puntuales, en detalle: Los afganos, el palestino, el libio y el profesor egipcio, musulmanes. Los tres venezolanos, católicos por no dejar. La etíope, católica. Los rusos, cristianos ortodoxos. Los kurdos, ateos. No hay un solo velo en clase. No todos los musulmanes rezan a la hora que les corresponde y quienes lo hacen, parecen hacerlo más por presión de grupo que por fervor personal.

Último tema de la clase, finalizando el nivel: sistema político alemán. La unidad se llama “La política y yo”. El profesor nos pide agruparnos según nuestro origen y hacer una exposición donde habláramos del sistema político de nuestro país respondiendo estas preguntas: ¿Qué sistema político hay en su país? ¿Cada cuanto hay elecciones? ¿Quién es el jefe de Estado? ¿Cuántos partidos hay?.

Y allí, empieza la hora de las definiciones colectivas e individuales de ese aparente heterogéneo grupo.

Los venezolanos, hartos del tema, fuimos a lo obvio: En mi país hay una dictadura presidencialista, hay unas elecciones fraudulentas cada seis años, el jefe de estado se llama Nicolás Maduro y hay dos partidos, el PSUV y la MUD.

(Dirá usted “Pero ya va, hay más partidos....la MUD es una coalición de partidos”. Ajá, muy bien. Explíquelo en alemán a un grupo de afganos, libios, palestinos, egipcios, etíopes, turcos y rusos, y después me juzga.)

Van pasando uno a uno los expositores. Los afganos dicen: "en mi país a veces se vota, pero no sabemos que pasa después".

El palestino dice: “en realidad, no se muy bien qué decir...”

El libio dice: “yo creo que Gaddafi era mejor...al menos no tuve que escapar de mi país cuando él gobernaba”

La etíope dice: “hay unas elecciones, hay un gobierno, pero todo es mentira”.

El ruso dice: “En mi país todo es mentira y gobierna “míster” Putin como quiere".

El Turco, intentando salir rápido del asunto, dice: “En mi país hay un gobierno que no es bueno, con un hombre que quiere obligarnos a ser una república islámica y bueno, todo eso va muy mal”.

En ese instante, interviene el palestino, un confundido muchacho de 19 años, que quiere estudiar medicina y hace un buen trabajo aprendiendo alemán. El palestino, obviamente inoculado de la propaganda que en su tierra le toca consumir, dice: “Pero Erdogan es bueno...yo vi en la TV como quisieron derrocarlo y el ganó, la gente lo apoya”.

Es allí donde la experiencia alcanza el clímax. El turco le dice: "en la televisión turca manda el régimen de Erdogan, obviamente no dirán que es malo. Pero te pregunto ahora: ¿Has visto los videos de Hitler siendo apoyado por toda esa gente? ¿Solo porque la gente lo apoye, ya lo convierte en bueno?"

Alguien dijo, en medio de la discusión: “Si alguno de los que gobierna en nuestros países fuese bueno, no nos habrían expulsado de nuestra tierra.”

Y es eso. Allí, nos vemos todos unidos en un concepto: ni diáspora, ni inmigrantes ni refugiados: Expulsados.

Ninguno se fue porque quiso. Nos fuimos porque nos expulsaron, de distintas maneras.

Eso no lo dirá ningún editorial de ningún medio europeo de derechas ni de izquierdas. No es útil decirlo para sus fines.

IV

Nadie quiere irse de su país, porque sí. Quizás de paseo, de experiencia académica. Pero nadie quiere quemar las naves para no regresar jamás ni de visita. Si ese es el caso, estamos hablando no de un inmigrante sino de un expulsado, de un huído.

Allí, en un aula de expulsados de su tierra, pensé ¿Dónde están los líderes de estos turcos, venezolanos, etíopes, egipcios, rusos, afganos, palestinos y libios, expulsados de su tierra? ¿Sabrán que en las calles del destierro, los expulsados sabemos las razones de cada uno?

¿Saben los políticos venezolanos de la lucha de los políticos turcos anti Erdogan? ¿Saben que Erdogan es aliado circunstancial/referencial/estratégico del chavismo?

Sin duda, los venezolanos sabemos de la unión Putin-Chavismo. ¿Qué hemos hecho para buscar a las víctimas de Putin? ¿O a las de Daniel Ortega, de los Castro, de las FARC?

¿No deberíamos, ante la evidencia de la unificación en fines, estrategias y métodos de los tiranos expulsadores, unirnos los expulsados venezolanos con todos esos expulsados y buscar, unidos, hacer la presión requerida en cada lugar donde estemos para que el mundo entienda lo que está pasando, más allá de la retórica ideológica y la guerra de consignas?

No será fácil. El europeo promedio no entiende por qué se le llenó la calle de cameruneses o turcos o tunecinos. Pero ¿Sabrán los expulsados que allá, en otro rincón del mundo, hay otro régimen expulsando a sus ciudadanos de la misma manera que lo expulsan a él de su tierra?

El reto está servido: Ante la unión siniestra de los expulsadores, somos sus víctimas quienes debemos responder, uniéndonos en fines y en métodos: Los enemigos de la libertad son enemigos de todos los que queremos ser libres.

Ojalá empecemos a entenderlo, en cualquier idioma.