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No tendre patria pero tengo esperanza | Por Alfredo M. Cepero

20/09/2018 9:02 AM

Alfredo Cepero

Cubano en el exilio, poeta, articulista. Secretario General del Partido Nacionalista Democrático de Cuba y Director del portal La Nueva Nación.Veterano de la Brigada 2506 de Bahía de Cochinos y del ejército de EE.UU.

Aunque quisiera ser testigo de un amanecer de libertad en mi patria, yo no lucho para ver a Cuba libre sino para que el pueblo cubano sea libre.

La semana pasada me puse en contacto a través del internet con una docena de cubanos que siempre han respondido presente a mis peticiones para ayudar económicamente a unos pocos opositores dentro de la Isla. Digo unos pocos porque, desgraciadamente, una proporción considerable de los supuestos opositores dentro de Cuba son unos farsantes que viven del dinero que reciben del exterior y sobreviven participando como criaturas domesticadas en el circo montado por los tiranos. En el exterior, la mayoría de aquellos que aparecen o trabajan en medios de comunicación masiva o visitan los tradicionales centros de reunión de cubanos no son exiliados políticos sino emigrados económicos que ni pronuncian ni conocen en realidad el significado de la palabra libertad.

Regresando a los destinatarios de mi petición, la mitad de ellos ni siquiera se molestó en acusar recibo de mis correos electrónicos. Admito que me molestó su silencio pero no me sorprendió su indiferencia. Después de más de medio siglo de desilusiones y sacrificios, estos patriotas de toda una vida han sido vencidos por la suspicacia, la desesperanza y el cansancio. Son parte de un pueblo cubano en la diáspora donde los verdaderos exiliados políticos se encuentran en condición de retiro, han ido a poblar los cementerios o tomado residencia en los asilos de ancianos. "Alfredo, me estoy quedando sin amigos porque muchos han muerto", se lamentaba hace unos meses mi admirado amigo y columnista de La Nueva Nación, el Reverendo Martin Añorga.

Ahora, les voy a revelar uno de mis secretos. Aunque quisiera ser testigo de un amanecer de libertad en mi patria, yo no lucho para ver a Cuba libre sino para que el pueblo cubano sea libre. Parece un juego de palabras pero es una descripción exacta de la forma en que conduzco mi trabajo a favor de la libertad de mi patria nativa, de mi patria adoptiva y de la libertad en el mundo. Es la fórmula que me ha permitido mantener mi militancia política, mi lucidez periodística y mi felicidad personal sin caer presa de la depresión o de la desesperanza.

Me niego a permitir que los tiranos, los malhechores o los corruptos me conviertan en su víctima, porque ninguna víctima ha mejorado al mundo. Y yo me propongo contribuir a su mejoramiento en la medida de mis posibilidades hasta el último día de mi vida. Eso es lo menos que puedo hacer para agradecerle a Dios que me haya premiado con una vida no sólo larga sino pletórica de felicidad familiar y de éxitos profesionales.

Las verdaderas y únicas víctimas son los millones de cubanos que languidecen en nuestra isla cautiva. Los niños que nunca tuvieron la ilusión de un regalo de los Reyes Magos, las jovencitas que festejaron sus quince en las manos rapaces de turistas sexuales, las esposas humilladas por los carceleros que las separaban del marido, las madres que no pudieron enterrar a sus hijos muertos ante paredones de fusilamiento o en alucinantes guerras internacionales y los obreros sometidos a condiciones de esclavitud en pleno siglo XXI.

Pero lo que he dicho con anterioridad no quiere decir que he dejado de sentir amor por mi patria. Quiere decir que, para mí, la patria es mucho más que cielos, mares, montañas y árboles. Muchos de quienes pueden ver o tocar esas cosas materiales no sienten amor alguno por ella. Son los apátridas que hoy la oprimen y la explotan para beneficio propio y de minorías corruptas. Ser patriota no es verla ni tocarla sino llevarla dentro del alma. La patria cubana está en todas partes donde haya un hijo que la ame y la sirva. Y desde todas partes irá un día al encuentro con su destino histórico en una simbiosis de libertad y de democracia para todos sus hijos.

Hablemos ahora de la esperanza, una de las virtudes teologales que nos mantiene en el camino que conduce a la salvación eterna. En nuestra dimensión terrenal, la esperanza nos mantiene en el camino del servicio al prójimo y de la auto estima. Sin esperanza no somos nada. Por eso el refranero español ha acuñado la frase de:"Lo último que se pierde es la esperanza". ¡Pobres de aquellos que han perdido la esperanza y andan por el mundo sin servir al prójimo y sin respetarse a sí mismos! Si yo permitiera que eso me pasara, los tiranos de mi patria me habrían ganado la batalla.

La esperanza es la carta de triunfo que nos queda a la vieja guardia. Porque aunque el calendario nos haya convertido en guardia vieja nunca seremos obsoletos mientras no nos rindamos. Nosotros somos los valores éticos y los principios morales que hicieron de Cuba una joya de América.

Somos los guardianes de una historia que servirá de inspiración y guía a las nuevas generaciones de cubanos que tendrán a su cargo la restauración de la libertad, la prosperidad y el estado de derecho en nuestra patria. Si ellos son los "pinos nuevos" de que habló Martí, nosotros somos los "pinos viejos" que los enseñaremos a crecer derechos. Negarnos a cumplir esa misión es perder el derecho a llamarnos patriotas.

Según un dicho tibetano, “la tragedia debe ser utilizada como una fuente de fortaleza". Apoyado en este dicho, el Dalai Lama, un hombre que experimentó en carne propia el dolor de ser privado de su patria tibetana, apuntó: " No importa qué tipo de dificultades tengamos, cómo de dolorosa sea la experiencia, si perdemos nuestra esperanza, ese es nuestro verdadero desastre". Por mi parte, la tiranía me habrá robado la patria física pero no la esperanza y mucho menos la voluntad de seguir luchando por su libertad.

 

Artículo tomado de La Nueva Nación

http://www.lanuevanacion.com/articles.aspx?art=8743