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Métanse el castrismo por donde mejor les quepa | Por Esteban Fernández

10/07/2018 7:40 AM

Esteban Fernandez

Esteban Fernández es el escritor costumbrista cubano más leído en el ciberespacio. Con sus letras hace una precisa descripción de la Cuba que fue y de la Cuba que es.

Esto lo saben los veteranos del exilio, pero la inmensa mayoría de las nuevas generaciones desconocen cómo fue la movida.

¿Cómo nos consideraban -y nos llamaban- a los que tuvimos que salir?: gusanos, lumpen, vende patrias, batistianos, lame botas de los norteamericanos que nos vamos a revolcar en el estercolero yanqui.

Familiares cercanos, y personas que considerábamos amigos de toda la vida -al simpatizar con el régimen implantado- no solamente se peleaban con nosotros, sino que ¡Nos odiaban!

Al salir perdíamos casa, carro, ropa, calzado, joyas, negocio, y todo lo que teníamos, al llegar al aeropuerto nos quitaban todo lo que les daba la gana. Yo simplemente tenía una manilla de plata con mi nombre grabado. Y me la quitaron.

El esbirro burlándose me dijo: “Cuando vuelvas dentro de 49 días te la devolvemos”. Me sonreí y por dentro pensé: “¡Vete pal’coño de tu madre!”

Como las noticias iniciales eran que estábamos pasando más trabajo que un forro de catre y que extrañábamos a nuestros seres querido y a la Patria entonces en toda Cuba los degenerados se divertían y estaban de fiesta al enterarse de nuestras vicisitudes.

La comunicación con nuestros seres queridos era prácticamente inexistente, nula, había que pasarse días para lograr una corta llamada telefónica. Las llamadas eran a través de un vecino que tuviera teléfono y que no fuera fidelista. A veces en Cuba el familiar tenía que pasarse días en la “central telefónica” para esperar por nuestras llamadas.

Los fidelistas se dedicaban a escuchar todas las llamadas, y cuando creían que habíamos dicho algo que consideraban una crítica contra el régimen cortaban la llamada y se perjudicaba al familiar dentro de Cuba.

En mi caso, la mitad de mi llamada me la pasaba tratando de callar y aplacar a mi padre. Recuerdo que un día le dije a mi papá que “Me había comprado un carro rojo” y mi padre súper molesto casi me gritó: “¡Cómo vas a comprarte un carro rojo con lo mucho que yo odio al color rojo de esta gente!” Ahí pararon la llamada y mi padre se buscó un lío.

Las cartas demoraban meses en llegar, creo que primero tenían que ir a México -o sabe Dios dónde- y después ir para Cuba y viceversa. Por ejemplo, mi madre me escribía preocupada: “Estebita ¿Cómo estás del tremendo catarro que tienes?” Eso era en marzo y el catarro lo había tenido el año antes, en octubre. A veces la única forma de comunicación urgente era mediante telegramas.

Se recibían cartas en septiembre diciendo: “Tú abuelo murió el 14 de febrero” y con tristeza nos dábamos cuenta que ese día precisamente habíamos estado en una fiesta mientras enterraban al querido abuelo.

Prohibido era -como si fuera el mayor de los delitos- que un fidelista se comunicara ¡ni con un hijo o padre en el exilio! Se le jodía la aplicación para entrar en el Partido al que cometiera el crimen de lesa humanidad de escribirle a un pariente en el exterior. Todas las prebenda les eran suspendidas.

No permitían visitas -ni de allá para aquí ni de aquí para allá- ni a nosotros nos interesaba en lo absoluto claudicar. Hubo casos de “repatriados” pero nadie confiaba en ellos, ni los castristas ni nosotros.

¿Cuándo cambió la cosa? Así estuvo por décadas, hasta que se acabó el subsidio soviético, se le puso la caña a tres trozos a los castristas y decidieron cambiar el palo pa’rumba, pararon de llamarles “gusanos” a la “generosa comunidad cubana en el exterior”, consideraron que ya no corrían peligro porque tenían “pisados y adoctrinados” a los pobladores de la Isla y se dedicaron a extraerle los dólares a todo el que se dejaba -y se deja- chantajear con el tumbe de “la unidad familiar”, de que “somos un solo pueblo” y de “lo linda y acogedora que es Cuba”.

Desde luego, y quede bien claro, ellos no aceptan a todo el mundo allí, a los que mantenemos una posición beligerante no nos quieren ver allí ni en pintura, y si entramos nos metemos en tremendo lío.

Y de la parte de acá, todavía quedamos muchos que no olvidamos ni perdonamos tantas afrentas, y que les decimos: “Ahora jódanse, métanse al castrismo por donde mejor les quepa, y allá no vamos ni a buscar centenes”.