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Libertad y Patria | Por Hugo J. Byrne

Antonio Maceo Grajales, segundo jefe militar del Ejército Libertador de Cuba 27/07/2018 7:27 AM

Hugo J. Byrne

Exiliado cubano, escribe sobre la realidad de Cuba y Latinoamérica, con análisis crítico con respecto a las acciones del comunismo en la región y las consecuencias que el castrismo ha dejado en su país natal.

¿Qué es la patria? De acuerdo al conciso Larousse que siempre tengo al lado, "Patria es el país donde se ha nacido". Esa es la primera definición que mi pequeño diccionario ofrece. La segunda, más interesante para un desterrado, es "país de origen". El resto de la información se reduce a ejemplos y a usos.

Debo admitir que mi concepto de patria es complejo y subjetivo. Por eso no me satisfacen las definiciones de Larousse. Procuro objetividad en todo cuanto escribo, pero no sería honesto ignorar que en ese tema no soy capaz de acercarme siquiera a un concepto razonable. Los amigos del destierro que tratan de racionalizar mi idea de patria, pierden su tiempo conmigo. Considérenme un caso perdido.

¿Se debe ofrendar existencia, familia y felicidad en aras de "la patria"? La pregunta no es razonable y la respuesta varía con cada quien. En el "país donde nací" hay sin duda quienes son capaces de ello. Individuos con un compromiso total, sin parar mientes en otras consideraciones. Existieron en el pasado lejano, mártires como Joaquín de Agüero e Ignacio Agramonte y en tiempos más recientes, como Pedro L. Boitel o Vicente Méndez. Existen hoy. Siempre existirán.

No hay nada "místico" o "espiritual" en el sentimiento del hombre por su familia y la patria es una extensión de la familia. El amor patrio es una pasión pura, platónica, protectora y similar a la que sentimos por nuestros hijos: se ofrenda incondicionalmente. El Lugarteniente General Antonio Maceo Grajales es el mejor ejemplo que conozco. Maceo amaba a la patria más que a la vida mucho antes de caer en Punta Brava en 1896.

Nunca demostró Maceo su amor por Cuba tanto como en el caserío de Mangos de Baraguá en 1878, desesperadamente solo en su rebeldía. Ningún jefe insurrecto importante lo respaldó. Arruinados, ignorados por el mundo, exhaustos de un sacrificio aparentemente sin final y sin sentido, despojados de la menor esperanza, todos aceptaron con estoicismo las promesas elocuentes de un eminente soldado-político. Todos menos uno: Antonio Maceo. En él prevaleció su inmutable amor filial por sus compatriotas. Algunos ven en su protesta un alarde aparatoso e inconsecuente. Discrepo. Tenía 22 heridas de bala y machete demostrando sus convicciones y honestidad.

¿Acaso estaba loco? ¿Era Maceo un fanático incapaz de comprender la ingrata realidad de 1878? Arsenio Martínez Campos, su famoso antagonista en el combate, responde así a esas conjeturas: "Creí habérmelas con un mulato estúpido, con un rudo arriero; en su lugar encontré no sólo a un General capaz de dirigir el movimiento de sus tropas con tino y precisión, sino a un guerrero honesto, totalmente dedicado a su causa".

Más allá de la estoica formación dada por su abnegado padre, el venezolano Marcos y sobre todo por su apasionada madre, la insigne criolla Mariana, Maceo demuestra siempre patriotismo incondicional. ¿Que no existían en su ámbito las miserias de hoy? Ese mito es para quien no conozca historia.

En 1896 Madrid contaba en Cuba con una fuerza doméstica y voluntaria de más de 82,000 hombres (90% nativos). Esta cifra es por lo menos el doble del total de insurrectos durante cualquier fase de la Guerra de Independencia. El más feroz contendiente de Maceo en los últimos meses de la Guerra Grande fue el Brigadier González Muñoz, nativo de Cuba.

El jefe supremo español en la guerra de Marruecos de los años veinte, el eficiente General Dámaso Berenguer y su subordinado (e insubordinado) el no tan capaz General Fernández Silvestre (quien pereciera en Annual), tenían el doble denominador común de haber luchado contra nuestra independencia y de haber nacido en Cuba. ¿A quiénes pueden sorprender entonces traidores como los demonios de Raúl Castro, o Ramiro Valdés, los apátridas que los apoyan, o incluso peor, los muchos cobardes hipócritas que los toleran y mantienen con su peculio?

No sé exactamente cómo ni cuándo empecé a amar a mi patria, pero evoco una ocasión memorable cuando a principios de mayo de 1945 y en compañía de mis padres asistí a una función de cine en mi ciudad natal. Tenía apenas diez años de edad. De repente encendieron las luces e interrumpieron la exhibición de la película. En su lugar apareció en la pantalla una información de actualidad: el heredero de Hitler, Almirante nazi Karl Doenitz, había rendido incondicionalmente el III Reich al Alto Mando Aliado. La guerra había concluido en Europa.

Cuba no sólo era beligerante, sino que casi un centenar de nuestros marinos mercantes murieron víctimas de la campaña submarina alemana. Esta última, desplazándose al Mar Caribe, había hecho estragos en nuestras tripulaciones. Cuba ripostó cuando un caza submarinos nuestro hundiera a un "U-boat" alemán. Esta, la única victoria naval de una nación iberoamericana sobre el Eje durante la Segunda Guerra Mundial, desgraciadamente no es muy conocida entre nosotros.

La primera reacción del público en el cine fue una ovación sólida. A los vítores sucedió un silencio impresionante y lentamente todos se fueron poniendo de pié. No tengo la menor idea de quién lo inició, pero de repente todos estábamos cantando el Himno Nacional. Cuando terminó el Himno miré curioso en derredor y a pesar de nuestra propensión viril a reprimir sentimientos, comprobé que aún entre los hombres más duros no había una pupila seca. Al principio no asimilaba lo que estaba pasando en aquel local, pero más tarde, ¡qué feliz me sentía de haber estado allí y participar con los demás!

Cuba y la libertad son para un servidor nociones eternamente entrelazadas. No en balde nuestro lema nacional era "Patria y Libertad". Aunque cambiaría el orden de los términos. Prefiero "Libertad y Patria", pues la primera idea en la revisión que sugiero, es la que hace posible la segunda. La libertad es como el aire que no puede verse ni palparse, pero cuando nos falta, perecemos. La lucha por la libertad forjó nuestra República. No en balde esa República se deshizo en la nada y la patria terminó al faltar esa libertad.

Ya no viviré lo suficiente para retornar a Cuba libre, pero gracias a tener voluntad libertaria aún la honro. Prometo continuar hasta el final. Lo hago escribiendo esta columna y al hacerlo, a menudo siento su presencia. La veo en mis hijos y la oigo en el bullicio de mis nietos. Si mantienen la dignidad que les hemos inculcado serán para siempre hombres y mujeres libres. Nos arrebataron la patria, pero no nos pudieron convertir en sus esclavos. Nunca podrán. Los verdaderos cubanos no nacimos para el cautiverio.