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La rifa del tigre | Por Félix Luis Viera

26/07/2018 9:16 AM

Félix Luis Viera

Cuentista, novelista y poeta de origen Cubano, actualmente nacionalizado Mexicano. Conocido opositor del castrismo, critica de manera severa al sistema imperante en en Cuba y su influencia en el extranjero.

El nuevo presidente mexicano y sus promesas de campaña.

La frase que aparece en el título es un dicho mexicano. Se aplica a quienes han resultado ganadores en un evento aparentemente afortunado pero que esconde un notable peligro o en general una gran dificultad.

El recientemente elegido presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador, se sacó la rifa del tigre.

De ningún modo él podrá cumplir con una sola de sus principales promesas de campaña.

Por ejemplo, la corrupción. No hay que ser un genio para determinar que para erradicarla no bastan un sexenio ni dos ni tres. Es labor de varias décadas. Varias décadas de crecimiento económico sostenido, lo cual podría proporcionar dos de los elementos fundamentales para acabar con ese mal endémico de México: el aumento del nivel de vida, en el cual se incluye el desarrollo integral de la instrucción-educación.

En cuanto al ciudadano de a pie, en México es posible conseguir mediante el soborno desde un certificado de estudios concluidos hasta una visa de entrada al país pasando por la anulación de una infracción de tránsito o la obtención de una plaza de maestro o de determinados cargos administrativos o la impunidad por un delito cometido o la alteración de un monto por jubilación… La lista sería infinita…

“Con el dinero baila el mono”, dicen; y así resulta.

“El que no tranza (engaña, miente, trampea) no avanza”, dicen. Este es el pan nuestro de cada día, como igual lo es: “Dios, no te pido que me des, sino que me pongas donde hay, yo solito agarro”.

Es decir, con “lana” es posible resolver casi todo, por no decir todo…

En la actualidad, según cifras oficiales son más de 30 millones de trabajadores informales —lo cual representa el 56 % de la población económicamente activa—. A este número se le debe añadir 3,6 millones de hombres y mujeres que clasifican como “subocupados”.

Así, si tomamos en consideración solo los trabajadores informales —aparte de los “subocupados”— tenemos que al menos 30 millones de ciudadanos no paga impuestos; no aportan al Estado.

En México la pobreza agobia a 55,3 millones de ciudadanos, lo que representa el 43,6 % de la población total. De esta cifra 9,3 millones viven en extrema pobreza, lo cual significa el 7,6 % del total de habitantes.

Entre los indicadores que se toman en cuenta para determinar la línea de pobreza en el país azteca, están: nivel de ingresos, salud, educación, alimentación, vivienda y calidad de los servicios en esta, entre otros.

Aunque López Obrador adora la obra del “comandante Fidel Castro”, quien según él “supo conducir a su pueblo y alcanzar la auténtica, la verdadera independencia”, él no podrá establecer en México un gobierno comunista.

O, mejor dicho: no lo intentará. Si bien el recién elegido Presidente mexicano —aunque usted no lo crea— admira al extinto dictador cubano, sabrá cuidarse para no tomar el camino de los malos ejemplos.

La tragedia de Cuba resulta suficientemente conocida —y criticada— por la comunidad internacional y asimismo por una buena parte de lo mejor de la clase política y la intelectualidad mexicanas.

Y como si fuera poco, ahí está el ejemplo de la destrozada Venezuela, quien debe ser el último país que se haya descalabrado por seguir una doctrina que ya antes había demostrado su ineficacia en la mayor de las Antillas y aún antes en Europa oriental.

López ha dado muestras de lo peor del populismo, y lo peor del populismo —al menos en América Latina— siempre o casi siempre ha ido a parar a la izquierda y de esta a los gobiernos autocráticos. De modo que se avecina un serio dilema para el nuevo gobierno de México: cómo ser populista sin ser opresivo. Algo imposible por estos predios donde el populismo tiene mucho que hacer, y por tanto mucho que perder, en medio de tanta miseria y desigualdad.

Asimismo, para establecer un gobierno dictatorial no basta un solo hombre. O sea, López Obrador necesitaría contar, como el fallecido mandatario venezolano Hugo Chávez, con un piquete de seguidores preferiblemente graduados de la escuela superior de adoctrinamiento político cubana “Ñico López”.

Y contar con una relativa juventud, como Hugo Chávez, quien tenía 45 años cuando tomó el poder.

Por otra parte, considérese que México es el décimo país más poblado del mundo, con 129,3 millones de habitantes. Es decir, 12 veces más habitantes que Cuba y 4,3 más que Venezuela.

Con tal cantidad de población, el país azteca resulta un verdadero abanico de etnias, costumbres, tradiciones y por tanto de grandes diferencias en lo que se refiere a lo que llaman “interpretación de la realidad”.

El primer paso que tomaría López si pretendiera convertirse en presidente vitalicio o aspirase a establecer la norma de cuando menos dos períodos presidenciales, sería el de enmendar la Constitución. Y eso resultaría un suicidio político: como sugería en líneas anteriores, de inmediato la opinión pública nacional e internacional tomaría cartas en el asunto para evitar la catástrofe.

Así las cosas, debemos esperar que el recién elegido presidente allane el camino para un ascenso en espiral de las condiciones de vida del mexicano —y enfatizo: cuando al menos sea diezmada la corrupción, lo otro irá arrancando poco a poco— con la esperanza de que en 2024 se instaure un gobierno todo lo justo posible para que el país avance sin que resulte indispensable la polarización. Y el “encono de clases”.

“El encono de clases”… Aún por estas fechas hace 6 años nos llegaban los ecos de las protestas de la izquierda, que incluyera un terrible vandalismo sobre todo en el centro de la Ciudad de México.

Hubo entonces pérdidas calculadas en cientos de miles de pesos en diversas zonas de la capital, como consecuencia del ataque indiscriminado, y gratuito, contra establecimientos de diversos tipos.

Y también se registró un buen número de lesionados.

Y todo porque los protestantes no admitían la derrota; aunque Enrique Peña Nieto había sido electo por más de 5 millones de votos, ellos no lo aceptaban.

Ellos, la mayoría de los izquierdistas de la Ciudad de México, nunca pierden; son como aquel “Juan Pata” del cuento: “ni pierden ni empatan”.

Ellos y ellas —esa mayoría de los izquierdistas digo— son agresivos, maldicientes, montoneros, chusmas, rencorosos, groseros… Y en fin… gente peligrosa.

Mas, por estos días la vida ha transcurrido en aceptable calma en la Ciudad de México: los candidatos a la presidencia que resultaron perdedores en las recientes elecciones, reconocieron su derrota cuando aún la totalidad de los votos no había sido contabilizada.

Y los ciudadanos que dieron su sufragio a los candidatos que no resultaron elegidos, se han portado como eso…, como perdedores decentes.

Y como dice el corrido, Gaby, ya con esta me despido: el caos comenzaría en México en el justo instante en que Andrés Manuel López Obrador intentara hacer uso de la varita mágica con que, según ha dicho, resolverá en un dos por tres todos los males de la sufrida República Mexicana.

No debería ser así.

Pero es así.