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La Revolución es una venganza | Por Daniel Lara Farías

Los vengadores de hoy, objetos de venganzas futuras, si la cosa sigue como va. 26/06/2018 5:22 PM

Daniel Lara Farías

Editor de La Cabilla. Internacionalista de formación y comunicador por vocación. Conduce el programa radial Y Así Nos Va por RCR 750AM de lunes a viernes a las 4 PM. En twitter es @DLaraF

Puede ser personal o colectiva. Incluso, puede ser ambas cosas. Pero detrás de toda revolución, hay una carga justiciera que, dependiendo del carácter que esa revolución y sus impulsadores tengan, deriva generalmente en una vendetta.

Solo hay que revisar todas y cada una de las revoluciones a nivel mundial a lo largo de la historia y sí, es lo que se encuentra: la confusión entre justicia y venganza, el disfraz de la justicia para recubrir a la venganza personal, al ajuste de cuentas, a la pequeña miseria de quien simplemente, esperaba en la bajaíta.

Por eso, el arranque de sinceridad de Delcy Rodríguez en el programa de José Vicente Rangel al hablar de la “venganza personal” que para ella significa la revolución chavista, debe agradecerse, pues permite esclarecer algunas cosas importantes. En sus propias palabras:

 

Gracias a estas palabras, quedan claras dos cosas: 1.- Delcy Rodríguez manifiesta estar consciente de que está haciendo daño de forma deliberada, por motivación personal 2.- Ante la justicia o ante la historia, a Delcy y al chavismo se les condene sin apelación posible, ante tamaña confesión. Lo demás, que lo argumenten los juristas.

II

Laureano Vallenilla Lanz, historiador, conocedor de la raigambre cultural del venezolano y su permanente necesidad de linchar a alguien, era tan estudioso de ese carácter vengativo de nuestra nación, que terminó siendo fascista. Pero fascista no de palabras, de hechos: se fue a Italia, donde Mussolini hizo traducir su libro “El Cesarismo Democrático”. Vallenilla de hecho murió en Italia, con el régimen fascista en todo su esplendor.

Quizás por eso, por su forma de pensar, Vallenilla no solo formó parte del régimen gomecista, sino que definió lo que consideraba fundamental para gobernar a la caterva de vándalos que eran, para él, los venezolanos: Un Gendarme. Solo un caudillo con “auctoritas”, rodeado de ilustrados (como Vallenilla) podía ponerle remedio a la permanente caotización nacional. Por eso, Venezuela salía de un caudillo hegemónico para caer en otro.

Decía además Vallenilla, en la que es quizás la más acertada de sus apreciaciones, que la guerra de independencia de Venezuela, no había sido más que una guerra civil. Si se revisan las cifras, los datos y los relatos de la época, no puede contrariarse a Vallenilla y a su tesis. En la Batalla de Carabobo, por ejemplo, el historiador Francisco Alfaro Pareja en su libro “La historia oculta de la Independencia de Venezuela”, revela un extraordinario dato: más del 50% del bando realista en la batalla fundamental de nuestra historia, eran blancos criollos. Es decir: había venezolanos en el bando independentista y venezolanos en el bando realista. No uso el término “patriotas” para hablar de los independentistas, porque obviamente ambos bandos se sentían patriotas, y quizás lo eran. Cada quien defendía lo que consideraba era “la patria”. Esa cosa inerte, esa invención poético cultural de la cual no saben hablar los juristas, no consiguen explicar los politólogos y solo quizás los poetas han llegado a definirla. La patria es el hombre decía el cantor comunista Alí Primera. La patria son tantas cosas bellas, dice Rubén Blades.

La patria soy yo, decía el poeta Chávez, sin decirlo. O diciéndolo: “Tenemos patria” era el elma de la fase final de su vida, cuando agonizaba con los intestinos podridos, diciéndole a la gente que podía faltar cualquier cosa, pero tranquilos, que la patria (o sea, él) no nos faltaría jamás.

III

Este es el país de la bajaíta. Más que claro, desde siempre: desde que un venezolano se declaró realista y otro independentista, empezó el asunto de las venganzas, las revanchas y las bajaítas.

Bolívar quedó huérfano primero y viudo después. Obviamente, asimiló mal esas dos circunstancias. Tranquilamente podría ponerse en boca de Bolívar las palabras de la rea de bastardía espiritual que ocupa la vicepresidencia de la República Bolivariana. Imaginemos a Bolívar declarándole a José Vicente (que a juzgar por sus condiciones físicas, ya como que ejercía el periodismo en la época de la Primera República). Podría tranquilamente decir: La guerra de independencia es nuestra venganza personal por haber padecido todo el daño que la sociedad española nos impuso, las cláusulas sociales de esa monarquía que me convirtieron en heredero de un mayorazgo que no me interesa, que es muy pesado para mí y que me frustró mi existencia. Yo quería ser un amante viajero como Miranda y no pude, porque la casta a la que pertenezco por obra y gracia de este orden colonial, no me lo permite. Por eso, sin duda, esta guerra es una venganza personal de los que como yo, estamos frustrados por las imposiciones del orden colonial.

Obviamente estoy especulando, fabulando o haciendo uso de esa herramienta del malentretenimiento de los aspirantes a historiadores: la ucronía. “¿Qué hubiese pasado si...”.

Pero pensemos seriamente en eso de la revolución como venganza. Pensemos en ese planteamiento y viajemos en el tiempo y preguntémosle a cada protagonista, a cada cabeza de revoluciones en nuestra historia.

Páez diría que La Cosiata era una venganza personal ante las vejaciones que los de su clase sufrieron de la clase social a la que pertenecen Bolívar y Santander. Podría decir que era su venganza personal por sentir que no se le dió lo que consideraba debía dársele por haber ganado decisivas batallas.

De venganza podría hablar Carujo, capitoste de la Revolución de las Reformas que se llevó por el medio al prócer civil José María Vargas. Venganza del militar frente al civil que “no merece” ser presidente pues no solo no peleó la guerra sino que se fue del país cuando la guerra se desató. De venganza contra todos lso anteriores hablarían los Monagas, seguramente. De venganza contra los Monagas hablaría quizás Guzmán Blanco. Y Crespo. Y Cipriano Castro y sus sesenta andinos relegados por la historia, dirían que “ahora le tocaba a ellos” cuando en 1899 amarraron sus mulas en la Plaza Bolívar de Caracas, hartos de los “cabezones” falconianos y los brolleros “centranos” de Valencia y los Llanos.

De venganza contra los andinos tenía mucho la Revolución de Octubre de 1945. Había además una reivindicación generacional en todos los miembros de la conjura, tanto civiles como militares. Tanto Betancourt como Pérez Jiménez pensaban que era la hora de su generación. Eso es: basta de aquellos, ahora nos toca a nosotros. Lo dijeran o no, allí estaba ese componente. Faltaba más: Betancourt, Prieto, Barrios. Delgado Chalbaud y Pérez Jiménez eran venezolanos. Con sus virtudes y miserias, incluidas.

La revancha andina vino en el '48 y duró hasta el '58. Allí, llegaron unos y otros no al premio de la democracia pactada. Los que llegaron, se aferraron. Los que no llegaron, se alzaron en venganza.

Los alzados fueron derrotados. Los triunfadores los perdonaron, cantándoles la gaita “Sin rencor”. Los derrotados se agazaparon y, en venganza, siguieron larvando la venganza.

En 1998, finalmente la lograron.

Y aquí estamos, analizando las palabras de la hija de uno de los alzados de los sesenta, al cual asesinaron unos policías delincuentes que fueron juzgados y condenados a la pena máxima, pena que cumplieron a cabalidad sin que nadie los indultara. Policías delincuentes y asesinos que mataron a un hombre que estando alzado contra la democracia debía estar preso, y cuando se le apresó se le hizo precisamente por las falencias de ese cúmulo de indignos de los cuáles se rodeaba. De eso no hablan los hijos del “mártir”, de la delación gracias a la cual se llegó a capturar a sus padres. El delator ha sido una y mil veces denunciado por David Nieves, el otro detenido junto al asesinado padre de Delcy. Ivan Padilla Bravo, chavista encumbrado y enchufado desde que la revolución arrancó, se codea con los hijos del hombre al que delató y los llama “camaradas”. David Nieves se ha cansado de denunciar ese asunto. Pero esa rara etnia primitiva que es el chavismo, entretenido en su venganza, no repara en los sapos que atesora en lo más profundo de su esencia.

IV

¿Cuándo terminará la bajaíta? Creo que nunca. O quizás sí: cuando algún hijo de víctima exija justicia y no venganza. Cuando los victimarios obtengan castigo y no linchamiento. Es decir: cuando le llevemos la contraria a nuestra historia de venganzas y bajaítas.

Probablemente, nunca. La nación sigue en la bajaíta, esperando.