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La amenaza del Yihadismo en América Latina es grave y real |Por George Chaya

18/07/2018 2:29 PM

George Chaya

Historiador y especialista en Medio Oriente. Profesor universitario y autor de varios libros sobre el conflicto en el mundo árabe, siendo además articulista de prestigio en el tema.

La creencia de que América Latina vive prácticamente al margen del terrorismo islamista internacional, más allá de los ataques de los años '90 contra la embajada de Israel y la mutual judía en Argentina, la preocupación sobre la zona de la Triple Frontera (Argentina, Brasil y Paraguay) o el espacio que proporcionan los Estados fallidos como Haití, que favorece la expansión yihadista, no debería instalar en los gobiernos regionales la negación del fenómeno. La amenaza existe y es muy grande.

Es cierto que América Latina es la región del mundo con menos atentados hasta ahora, pero no por eso el yihadismo deja de ser una amenaza real. Sin embargo, aunque los grupos terroristas no parecen estar activamente presentes en América Latina, la posibilidad de que desarrollen lazos estratégicos con organizaciones del narcotráfico, representa una amenaza importante para la seguridad regional. Los carteles del narcotráfico y los grupos terroristas utilizan los mismos intermediarios para obtener armas, blanquear dinero y mover productos ilegales a través de sus paises.

La Triple frontera es objeto de vigilancia por parte de las autoridades estadounidenses, estas han advertido gran presencia de redes de contrabando, narcotráfico e inseguridad para la zona que podrían derivar en el desarrollo de organizaciones con elementos residuales simpatizantes del Estado Islámico (ISIS por sus siglas en inglés), Al-Qaeda y Hezbollah, que están presentes en la región con la posibilidad, ademas, de que se pudieran activar células durmientes.

Entonces, la pregunta es ¿Existen riesgos de ataques en territorios del continente sudamericano? La respuesta es sí, ya los hubo en 1992 y 1994 por parte del Hezbollah en Argentina. También mas al norte, lo sufrieron los estadounidenses en el 2001 por medio de su ex aliado contra los soviéticos, el grupo Al-Qaeda, dirigido por Osama Bin Laden. Y se puede repetir la tendencia si no se hace la lucha desde el flanco doctrinal de las mezquitas salafistas y la expansión de los discursos de odio islamista por las redes sociales. Las alarmas están activadas y si se menosprecia la capacidad que han demostrado esas organizaciones, más temprano que tarde las consecuencias volverán a ser nefastas.

El potencial terrorista residente en Latinoamerica, generalmente es de descendientes de libaneses, sirios u otros países árabes, que llegaron a Latinoamérica. Las generaciones de descendientes con inclinación filo-islamista expresan en particular la parte más violenta del Corán, y con su accionar militante perjudican profundamente la imagen de su comunidad en general.

Los yihadistas latinoamericanos en Siria e Irak se mencionaron poco, pero constituyeron una fuerza de hombres y mujeres de creciente significación, muchos de los caídos en combate fueron identificados como pertenecientes a países como Brasil, Chile, Trinidad Tobago y México, entre otros. Varios informes mencionan incluso yihadistas de Argentina, Colombia y Honduras. Fuentes de la inteligencia francesa y alemana han calculado que el dinero que fluye desde América Latina hacia Medio Oriente es de entre 80 y 100 millones de dólares cada año, y se estima que en los próximos años ese dinero podría triplicarse.

Los terroristas de América Latina han sido formados bajo una estricta disciplina predicada en la religión, por lo que han establecido alrededor de 90 "centros culturales" en la región, todo lo cual debería convocar a los gobiernos a un trabajo profundo ante la preocupación de cómo se está formando islamistas regionales. Se trata de jóvenes conflictivos, con un grave vacío de identidad a quienes el islamismo les ofrece una identidad pura y el calor de pertenecer a una comunidad solidaria y muy unida.

En los últimos 5 años la actividad proselitista se ha intensificado en Latinoamerica mediante elementos de la Guardia Revolucionaria iraní y de su aliada libanesa Hezbollah, que llevan adelante tareas de captación, reclutamiento, adoctrinamiento, incluidos viajes a la ciudad sagrada de Qom, donde culmina el entrenamiento político y religioso. Los elementos formados regresan luego a sus respectivos países para generar a su vez nuevas "misiones culturales" a modo de pantalla.

El proceso de radicalización no necesariamente requiere de una figura presencial como un imán en una mezquita o alguien que entable un vínculo cara a cara con el potencial atacante. Hoy las redes sociales son la primera vía de radicalización. Un ejemplo de ello es que el principal comandante de operaciones de ISIS era checheno y no tenía nada que ver con imanes ni mezquitas. Con el uso de las redes sociales como principal arma de reclutamiento y difusión de las doctrinas religiosas, los terroristas ya no necesitan de lo anterior.

América Latina y el Caribe no son ajenas al terrorismo yihadista. A juzgar por los datos del Consejo de Seguridad de la ONU, en Siria e Irak habrían llegado en su tiempo más de 25.000 ciudadanos extranjeros para combatir al servicio de ISIS y Al-Qaeda provenientes de más de 100 países, según el Departamento de Defensa de los EE.UU., al menos un centenar de ellos serían latinoamericanos y caribeños. Este grupo de yihadistas habría llegado hasta Siria e Irak "desde Surinam, Trinidad y Tobago, Jamaica, México, Colombia y mayoritariamente de Venezuela".

La tecnología y las redes sociales juegan un papel esencial en el reclutamiento. Abu Hudaifa Al-Meksiki, es un buen ejemplo de ello: "El Mexicano", tal su apodo en árabe, se dio a conocer a principios de 2015 en varias cuentas de Twitter asociadas a ISIS, según hizo público el Centro Estadounidense para el Análisis y la Investigación del Terrorismo (TRAC por sus siglas en inglés), y fue utilizado por el Estado Islámico para dar un rostro a sus combatientes extranjeros.

Miguel Alejandro Santana Vidriales, otro de los mexicanos con nombre y apellido en esta yihad global y enrolado en una célula activa de Al-Qaeda, fue juzgado el 19 de marzo de 2016 en California y condenado a diez años de prisión por tratar de viajar hasta Afganistán para "luchar contra los marines estadounidenses". Santana Vidriales fue capturado por el FBI tras viajar de México a EE.UU., desde donde pretendía emprender trayecto a Afganistán para, según la sentencia judicial, realizar atentados con coches bombas y explosivos sobre bases militares, tanto en "suelo estadounidense como afgano".

Otro caso emblemático fue el de Bastian Alexis Vasquez y Francis Peña Orellana. El primero, un noruego de 25 años, hijo de chilenos, abandonó su pueblo noruego de Skien para unirse al ISIS bajo el nombre de Abu Safiyya, tal y como se presenta en los vídeos detectados por la policía noruega en Youtube. La segunda, detenida por las autoridades españolas en enero de 2014, ha sido acusada de reclutar mujeres yihadistas para enviarlas, vía Turquía, hasta territorio del ISIS. Peña Orellana, de 25 años, nació en la localidad chilena de Viña del Mar, aunque llevaba nueve años viviendo en España.

La presencia de ciudadanos de origen latinoamericano combatiendo en Siria e Irak fueron publicadas en 2014 por el Instituto Británico de Defensa IHS, calificando a estas personas como "yihadistas exóticos" y hablaba también de colombianos, hondureños, costarricenses y brasileños.El informe mostró la globalización del ISIS dentro de sus filas identificando a 26 sudamericanos provenientes de Paraguay, Argentina y Brasil, reclutados a través de las redes sociales. Sin embargo, los números son muy bajos, aseguraba el documento al referirse a los yihadistas sudamericanos si se los compara con los 6.000 tunecinos, 2.500 sauditas, 2.400 rusos, 2.100 turcos y 2.000 jordanos.

Esta historia cambió con la aparición de Bastián Alexis Vásquez, conocido entre los yihadistas de Oriente Medio como Abu Safiyya. La aparición de Bastián en el campo de batalla, sentó un funesto precedente de muyyahidines (combatientes) latinos. Conocidos como los "yihadistas exóticos", provenientes de países como Argentina, México, Brasil, Chile, Colombia, Honduras y Trinidad Tobago, según una publicación del diario británico Daily Telegraph, en junio de este año.

También la revista de defensa británica Jane indico en noviembre de 2017 que un número importante de yihadistas sudamericanos perdieron la vida en las cercanías de Damasco en un intento de hacerse con el poder. La revista señalo que 36 brasileños y 118 mexicanos se alistaron al autoproclamado califato, siendo el caso de Abu Hudaifa al Meksiki (el mexicano en lengua árabe), el más destacado.

La revista Jane, también aseveró en la investigación que 7 argentinos habrían muerto en Siria combatiendo para Al-Nusra. La publicación mencionó también sobre la muerte, entre otros, de 64 mexicanos y 36 brasileños.

Estos antecedentes públicos, solo tienden a ilustrar que la problemática del yihadismo también podría eventualmente tener graves repercusiones futuras en América Latina. Para la Argentina que ya atravesó dos dramáticos y criminales atentados terroristas, el tema no debería ser menor. Consecuentemente, es natural preguntarse cuáles son las medidas que el gobierno argentino se encuentra adoptando para prevenir nuevos golpes del terrorismo internacional islamista. Estas preocupaciones aumentan ante los vaivenes de una política exterior, cuanto menos, confusa o desinteresada en Oriente Medio.

El principal problema o debilidad actual que se presenta en Latinoamérica es que la mayoría de los países de esa región carecen de agencias de inteligencia concentradas en el terrorismo global. En muchos países de la región los servicios de inteligencia son sólo agencias del Gobierno dedicadas a espiar a opositores políticos.

A modo de confronte, aunque siendo escenarios muy distintos, cuando ISIS llevó a cabo sus ataques en Bruselas y París, sólo tomó algunas horas identificar a los terroristas y mostrar sus rostros en la televisión por parte de las agencias de Inteligencia Europeas. En América Latina, han pasado más de dos décadas desde que ocurrieron los atentados en Buenos Aires, y hasta la fecha, aún no se sabe a ciencia cierta los nombres de los terroristas.

Es hora de que la región vea a los grupos terroristas islámicos como amenaza global seria y, sin caer en el juego de promover el odio religioso, trabajar sobre las múltiples y evidentes señales de advertencia.