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Escasez de indignación | Por Daniel Lara

18/09/2018 7:58 AM

Daniel Lara Farías

Editor de La Cabilla. Internacionalista de formación y comunicador por vocación. Conduce el programa radial Y Así Nos Va por RCR 750AM de lunes a viernes a las 4 PM. En twitter es @DLaraF

I

No soy una persona depresiva. Quienes me conocen, lo saben. Todos tenemos momentos de bajas de ánimos, caídas sentimentales. Pero depresión, esa palabra tan profunda, tan hiriente, tan dolorosa, afortunadamente nunca ha tenido espacio en mi vida.

Tanto, que no sabría identificar una depresión si cayera en ella.

Pero debo decir que por un momento, quizás por minutos u horas, pude sentirme “deprimido” por primera vez desde que salí de Venezuela el 11 de noviembre de 2017. Digo deprimido por decir algo que se logre interpretar correctamente. Pero quizás algún purista de la terminología psiquiátrica podrá decirme que no, que no es depresión sino melancolía o tristeza simple, sin llegar a aguda ni con atisbos de entrar en fase crónica ni mucho menos.

Algún fan de Facundo podrá decirme que no, no estoy deprimido, sino que estoy distraído.

Yo mismo podría decir que no, que no estoy ni deprimido, ni melancólico, ni dolido, ni distraído ni triste. Creo que en realidad lo que tengo es esa sencilla sensación que en perfecto venezolano se denomina científicamente arrechera. Pero un tipo especial de arrechera. Esa que te lleva a arrecharte de estar arrecho. O sea, es una suma de frustración con arrechera, mejor conocida como Frustrachera.

Fue esa la sensación que me explotó con el horror de la violación y asesinato de los niños Humberto, Roxana, Julianyerli y Jonas. Cuatro niños de entre 1 y 10 años de edad. Solo en su casa, dejados por la madre de tres de ellos al cuidado de la madre del cuarto niño. “Dejados al cuidado” es sinónimo, aquí, de abandono, vistos los resultados. Los niños estaban abandonados a su suerte y su suerte fue encontrarse con un maldito sádico, con una piltrafa humana que aprovechándose de su abandono, los violó y los mató a martillazos, para dejarlos después arropados y acostados, como a unos muñecos.

Es uno de los crímenes más horribles de los que se tenga noticia últimamente, en Venezuela y en cualquier parte. Parece guión de película de terror, de serie policial gringa.

Yo tengo años notando y escribiendo sobre el horror del infanticidio en Venezuela. Siento que es un horror que ocurre y sigue ocurriendo y sigue siendo más horroroso porque no hay indignación. He hablado de La urna de Leonel Piñango, de La abolición de la escuela y el infanticidio nacional y de Los niños muertos y la indiferencia adulta.

Y es entonces cuando se llega a la suma de los horrores, cuando se nota el curso de la opinión pública: Ocurre semejante crimen y no se mueve ni una hoja, más allá de las notas en algunos medios de comunicación que se han atrevido a dar pelos y señales sobre el suceso. Una que otra ola de indignación, cortita, en las redes sociales. Y ya.

Y la cereza sobre el pastel es ver el asqueroso e indigno espectáculo de Nicolás Maduro disfrutando cual jeque en un restaurant famoso, con un chef famoso, comiendo su famosa comida y fumándose un famoso habano. Con su esposita alegre porque le regaslaron una franelita del tipo al que sigue en Instagram, porque a ella le encanta como el tipo le pone la sal a la comida, haciendola caer desde su mano para hacerla resbalar desde su antebrazo hasta su codo, sobre el grosero tolete de carne que ella y su marido disfrutan, alegres, “al menos una vez en la vida”, como se escuchaba decir al tirano gourmet.

Dos cosas distintas. ¿Qué tiene que ver una con la otra? ¿Que tienen que ver los cuatros niños violados y asesinados con el video del tirano gourmet degustando un platillo de miles de dólares?

Ambos hechos están unidos por un común denominador: son asquerosos, horrorosos, pero no indignan a quienes deberían.

 

II

En el 2006, el secuestro y asesinato de los niños Fadul y del chofer a cargo de llevarlos al colegio, convirtió a Venezuela en una sola indignación. El estupor nacional se volcó en medios, en calles, en iglesias. En las escuelas, las maestras tenían que hablarle a los niños sobre ese horror. En el vecindario donde vivían los niños, aún se les llora. Lloraban las madres y los padres, y los abuelos, y los vecinos. A todos nos dolió saber la suerte de los niños. Hubo protesta, hubo indignación. De ahí, se anidó una rabia que explotó por donde debía, por la juventud estudiantil que se lanzó a la calle el año siguiente a reactivar la protesta contra un régimen que ya era infanticida probado.

Hoy, como dice el famoso chiste, llegó el cardenal al pueblo y la iglesia no sonó las campanas por varias razones, la más importante es que no hay campanas. No hay con quién. No hay quien llore a los hijos ajenos, porque la mayoría se esfuerza por buscar la manera de no ver llorar a los hijos propios. Llorar de hambre, de enfermedad, de falta de escuela, de falta de zapatos o de cuadernos. Se esfumó Andres Eloy Blanco, sus Hijos Infinitos y su frase del padre que siente que tener un hijo es tener a la vez a todos los hijos del mundo.

No hay quien llame a una protesta, porque a quien llama nadie le cree. Porque se cansó hasta el más entusiasta, se cansó de que lo estafen.

No hay quien proteste por el fondo, porque lo que agobia es la forma. No protestan la existencia de la caja CLAP sino que no trajo arroz esta vez. No protestan la existencia del Carnet de la Patria, sino que después que lo sacan, no les dieron lo ofertado.

La indignación, para después. Total, no es para tanto.

 

III

El Chef conocido como “Salt Bae” es una especie de payasita Nifu-Nifa retirada, dedicada a la cocina después de vieja y acabada y que con el show, se hace famoso. Los millones de seguidores que tiene en sus redes, lo siguen por su show, no por su comida. Imposible que esos millones que lo siguen hayan ido a sus restaurants y probado sus costosos platillos, o que lo hayan visto en vivo como hizo una de sus fans, quizás la más famosa e infame: Cilia Flores. Daba risa y asco a la vez verle la cara a la tía de los narcos presos en EEUU mientras rebanaba los pedacitos de carne que le lanzaba el chef payaso. Parecía una escena de algún cuadro de arlequines juguetones, burlescos y patéticos. El payasito saltarín clon de Hany Kauan o The Hany Kauan Clown. El corpulento dictador narcobananero revisando la franelita con la imagen del tipo al que no conocía, con el tabaco en la boca mientras la esposita le explica “mira, echando la sal ¿viste?”. La sonrisita del tirano, complaciendo a la esposita, cual trabajador que se ahorró años de aguinaldos para darse un gusto alguna vez con la familia, diciendo frente a la cámara “esto es una sola vez en la vida ¿verdad?”.

Todo eso, revoloteando en la mente, mientras uno pasa la página del periódico y ve las noticias de los niños muertos por inanición. De la escasez de urnas para niños. De la huida, ya estampida, de miles de venezolanos al día.

Todo eso, mientras uno revisa las fotos de familiares y amigos en Venezuela, aguantando e intentando aún ser felices, mientras uno al verlos los nota más flacos, más viejos, más tristes, aunque sonrían.

Todo eso.

Junto.

Todo eso al mismo tiempo, ese sentimiento se llama Frustrachera.

 

IV

Todo eso mientras por un lado, el régimen repite hasta el hartazgo la tesis de la “guerra económica” y lanza decreto tras decreto para imponer el comunismo. Todo eso mientras los Estafadores Seriales de la Falsa Oposición te llaman a “no perder el foco” indignandose por nimiedades, porque lo importante son “las condiciones electorales, la salida electoral y pacífica” o “la desobediencia, la dimisión, la fuerza para sacar a la tiranía”. Todo ese horror pasa mientras un grueso sector de esa oposición que solo existe en las redes sociales, está entusiasmada con la inminencia de una intervención militar extranjera en Venezuela que solo ellos dan por hecha. Esa tribu maltrecha y plenipotenciaria en sus desatinos masturbatorios que anida en autodenominados “repúblicos” o “resistencia” o “Venezuela resiste” o “disidentes” o “liberales” o “libertarios” o “rumbo libertarios” o personajitos escondidos detrás de animalitos parlanchines o quien sabe qué, gritando que no, que no importan esos “potes de humo”. Que lo importante es que viene Trump, viene Marcos Rubio y los marines entraran por La Guaira, subirán la autopista y del portaaviones se bajará Diego Francisco Miranda Arria con la espada desenvainada y la bandera en la mano, gritando en la rada: Me arde en el pecho el fuego sagrado de la libertad.

Y ya, a escribir la épica con el sobrino de la Tía Amelia y a cantar el himno nacional.

Mientras, el régimen lanza la operación “vuelta a la patria” y sus replicantes opositores, también. Porque esa Falsa Oposición multicolor, en sus dos vertientes (la de la MUD y la que se disfraza de radical alternativa) andan en lo mismo: descalificando al que se fue de Venezuela, quitándole su derecho a opinar sobre el país “porque tu no estás aquí y no sabes qué pasa”. O espetándole “si quieres te vienes tu y luchas como yo” como si ponerse una franela con un logo y pegar dos gritos frente a una cámara es de verdad una forma de lucha. O diciéndole a quien quiera oir, que hay que preparar las maletas porque “ya el fin está cerca”.

Mientras, sus hijos y nietos viven cómodamente afuera.

Mientras, ellos a su vez preparan las maletas, las becas y los subsidios para ver cuando se largan.

Mientras le quitan la nacionalidad a quienes nos fuimos del país, porque somos menos venezolanos que ellos, buscan a quien pueda aparecer por ahí en el extranjero para martillarlo con la excusa de “la lucha que estoy dando”, para comprarse un teléfono, una tablet o una cámara “para seguir la lucha por las redes” pues resulta ser que ahora son “youtuber activistas globales” metidos a politicastros.

Mientras, siguen por ahí deambulando los niños que morirán mañana, de hambre o a las manos de algún sádico.

Mientras, los Estafadores Seriales de ayer y de hoy, siguen en su rol: con los mismos argumentos refritos de ayer para decir “elecciones”, dicen hoy “abstención” y dirán mañana “bueno, no se”. Otros, con los mismos argumentos que dijeron antier “la salida es la calle” y ayer “la salida es la renuncia” dicen hoy “la salida es la dimisión”, en un permanente jueguito de sinónimos y antónimos de patio de colegio, molestándose además cuando se les pregunta lo obvio: con qué se come su propuesta.

Es la temporada Otoño Invierno de los Estafadores Seriales. Veremos cosas peores.

 

V

Paráfrasis sencilla de Los Prisioneros:

No te pares frente a mí

Con esa mirada tan hiriente

Puedo entender estrechez de mente

Soportar la falta de experiencia

Pero no voy a aguantar

Estrechez de indignación.