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Entre el socialismo y el odio | Por Alfredo M. Cepero

30/07/2018 8:35 AM

Alfredo Cepero

Cubano en el exilio, poeta, articulista. Secretario General del Partido Nacionalista Democrático de Cuba y Director del portal La Nueva Nación.Veterano de la Brigada 2506 de Bahía de Cochinos y del ejército de EE.UU.

La agenda de los demócratas está siendo determinada por una base del partido en franco reto a su dirigencia tradicional.

La dirigencia del Partido Demócrata no se ha recuperado todavía de la inesperada pateadura que sufrió en las elecciones de 2016 a manos de un neófito en política que tuvo la visión y el coraje de retar los patrones establecidos en ambos partidos. En medio de esa confusión han surgido, como era de esperar, nuevos dirigentes con ideologías, estrategias y tácticas tan agresivas que amenazan con cambiar en forma radical las antiguas estructuras del partido. La vieja guardia demócrata se ha mostrado obsoleta para interpretar y aplicar las respuestas que exige la base del partido. Una base que, en su desesperación por recuperar el poder, se inclina cada vez más del socialismo democrático al socialismo radical y del diálogo civilizado al odio fanático.

Parece increíble que hace sólo medio siglo los demócratas fueran el partido que se oponía a los déficits en el presupuesto, defendía un dólar fuerte y promovía el libre comercio, la reducción de impuestos, la libre empresa y la responsabilidad individual. Una de sus luminarias de entonces declaró: "Esta sociedad nuestra es tan diversa que sería un error empezar a dividirnos sobre las bases de razas o color".

 

En un discurso pronunciado en 1962, ese mismo líder dijo: "Resulta una paradoja que con tasas impositivas tan altas los ingresos por concepto de impuestos sean tan bajos. A largo plazo, la mejor manera de aumentar los ingresos es reduciendo las tasas impositivas". No fue Ronald Reagan sino John Kennedy quien hizo una afirmación que sería hoy un anatema para el nuevo Partido Demócrata. El viejo ya ha muerto y no veo probabilidades de que pueda ser resucitado.

Este es el nuevo partido liderado en este momento por un anciano iluso y tan fanático que se fue a Rusia a pasar su luna de miel y una imberbe organizadora comunitaria que gano las elecciones primarias en un Distrito del Congreso en la ciudad de Nueva York, cuyos residentes estarían a sus anchas votando por Miguel Diaz-Canel o Nicolás Maduro. Muy diferente habría sido el resultado si dicho distrito hubiese estado ubicado en alguno de los 30 estados ganados por Trump en las pasadas elecciones.

Pero ese razonamiento no parece haber entrado en las mentes de quienes invitaron al socialista Bernie Sanders y a la organizadora comunitaria Alexandria Ocasio-Cortez a hacer campaña por ellos en los estados de Kansas y Michigan. Huérfanos de dirigentes, los demócratas pasan por alto las diferencias ideológicas y culturales en distintas regiones del país y se aferran a un septuagenario anacrónico y a una diletante de 28 años para motivar su base a que asista a las urnas. La realidad es que Sanders repite siempre el mismo disco porque probablemente no recuerda lo que dijo ayer y Ocasio-Cortes habla como un disco roto porque no tiene la suficiente experiencia para darse cuenta de que está equivocada.

Pero el trinomio que augura desastres para los demócratas en las elecciones parciales venideras no estaría completo sin la mención de Maxine Waters, autoproclamada jefa de mítines de repudio de la izquierda demócrata. Esta mujer hipócrita, que vive en casa multimillonaria pero agita al populacho como táctica de intimidación contra sus adversarios políticos, ha hecho despliegue de su odio contra todo el que esté cerca de Trump diciendo: "Si ustedes ven a alguien de ese gabinete en un restaurante, en una tienda por departamentos, en una estación de gasolina, ustedes salen, crean una multitud, los rodean y les dicen que 'ya ustedes no son bienvenidos en ningún lugar y en ningún momento".

 

Declaraciones incendiarias de este tipo estimulan y justifican agresiones terroristas como el ataque a congresistas republicanos que jugaban béisbol en Virginia donde resultó gravemente herido el congresista Steve Scalise. El hecho de que esta mujer no haya sido condenada con un voto de censura por sus colegas en la Cámara de Representantes es una muestra más de la podredumbre y la cobardía de los políticos de ambos partidos. La impunidad ante actos mezquinos de esta naturaleza dará lugar a que muchos imiten el lamentable ejemplo de Maxine (agua venenosa) Waters.

En su borrachera de odio, el partido que se proclama defensor de los derechos de la mujer ha llegado al extremo de atacar a mujeres republicanas. Para esas mujeres no hay consideración ni respeto. A la Secretaria de Prensa de la Casa Blanca, Sarah Huckabee Sanders, se le negó servicio en el restaurante Red Hen, en Lexington, Virginia. La Secretaria de Seguridad Interna, Kirstjen Nielsen, fue acosada por una turba y obligada a abandonar un restaurante mexicano en Washington, D.C. Y la Fiscal General del Estado de la Florida, Pam Bondi, fue increpada y hasta escupida en un cine de Tampa por una multitud que le reprochaba su respaldo al Presidente Trump. Me imagino el escándalo que habría protagonizado la prensa de la izquierda vitriólica si esta bajeza hubiera sido perpetrada contra una mujer del gabinete de Barack Obama.

Por otra parte, además de deplorable y atemorizante, vaticino que esta conducta será negativa en la lucha de los demócratas por recuperar el poder político. Cuando se ensañan contra Trump y sus partidarios pierden el respaldo de los electores independientes, sin los cuales ninguno de los dos partidos puede ganar elecciones. Para ganar elecciones es necesaria una agenda que beneficie a los ciudadanos y los estimule a respaldarla con su asistencia a las urnas. La agenda de los demócratas está siendo determinada por una base del partido en franco reto a su dirigencia tradicional.

 

El espacio de dirigentes pragmáticos como Bill Clinton y Tip O'Neill ha sido ocupado por extremistas fanáticos como Bernie Sanders, Alexandria Ocasio-Cortez y Maxine Waters. Peor todavía, dirigentes de cierta moderación como Joe Biden, Cory Booker, Terry McAuliffe y Eric Holder se ven forzados a adoptar posiciones radicales determinadas por Bernie Sanders, Elizabeth Warren y Kamala Harris para mantener su vigencia dentro del partido. Como diría mi abuelo, "la carreta se ha ido delante de los bueyes". Y, para suerte de Donald Trump, los carreteros han perdido el control.

Cuando analizamos la agenda propuesta por el Partido Demócrata como solución a los problemas nacionales nos encontramos con una copia de las teorías socialistas del Conde de Saint-Simon y de Carlos Marx. Una síntesis apretada de esa agenda propone seguro de salud universal, viviendas proporcionadas por el estado como un derecho humano, un presupuesto donde los recursos sean dedicados en su totalidad a la economía interna en detrimento de la defensa nacional, empleos garantizados por el gobierno federal, control de armas por el gobierno, fronteras abierta a los inmigrante, eliminación de prisiones operadas por empresas privadas y abolición de la policía de inmigración conocida como ICE. Más bien una utopía que una agenda política seria. La pregunta que no pueden contestar sus promotores es de dónde van a salir los fondos para financiar todas esas larguezas.

 

En marcado contraste con esta agenda socialista está la lista de promesas cumplidas por Donald Trump y la agenda capitalista propuesta por el Partido Republicano. El espacio me obliga a la síntesis. Entre ellas, nombramiento del Magistrado del Supremo, Neil Gorsuch y de otros 75 jueces federales, reducción de la inmigración ilegal y de las 'ciudades santuarios', drástica reducción de impuestos donde se ahorra dinero al 80 por ciento de hogares norteamericanos, promoción del sector energético con la construcción del oleoducto de Keystone, reducción del desempleo para las minorías negras e hispanas, protección a la libertad religiosa, modernización del sistema de salud para veteranos, sanciones contra las dictaduras socialistas de Cuba y de Venezuela, crecimiento de la bolsa de valores y aprobación de un gigantesco presupuesto militar para garantizar la paz por medio de la fuerza.

El panorama luce prometedor para quienes trabajamos por una sociedad de hombres libres de controles gubernamentales y dispuestos a aceptar el reto de crear su propia prosperidad. Pero hay un largo trecho para llegar a la consulta popular del próximo mes de noviembre en que los votantes norteamericanos darán su veredicto final. Por lo tanto, no es tiempo de regocijarnos con nuestros éxitos sino de mantenernos alertas para garantizar que seguirán vigentes. Nuestros adversarios no duermen y nosotros tampoco podemos dormirnos.