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El odio a los Estados Unidos | Por Hugo J. Byrne

10/07/2018 7:20 AM

Hugo J. Byrne

Exiliado cubano, escribe sobre la realidad de Cuba y Latinoamérica, con análisis crítico con respecto a las acciones del comunismo en la región y las consecuencias que el castrismo ha dejado en su país natal.

Pisé por vez primera el suelo de Estados Unidos hace ya casi 57 años. Entonces tenía la muy errónea impresión de que en términos generales los americanos, aunque individualmente tuvieran tendencias políticas muy divergentes, confrontados con una agresión directa a sus intereses comunes cerraban filas. Esa noción ingenua quizás se remonte a que mi transición de la primera infancia a la adolescencia discurrió durante la Segunda Guerra Mundial.

En mi ingenuidad no distinguía la dramática diferencia entre realidad y propaganda. Quizás eso fuera positivo a mi posterior aprendizaje, pues sentó las bases de otras nociones sociales que aprendí temprano y que reflejaban la tradición patriótica que me inculcara mi familia desde la cuna: Cuba era la patria sagrada, merecedora de cualquier sacrificio y Estados Unidos un amigo leal y confiable, con quien siempre podíamos contar en buenas o malas. La última premisa siempre fue y aún es un cuento de hadas. Las naciones tienen diversos intereses variables, nunca amistades permanentes.

Mi primer empleo en esta nación fue como capataz de una compañía que se dedicaba a dar los toques finales en edificios nuevos construidos con el objeto de alquilar sus apartamentos, o venderlos todos por separado como la propiedad inmueble conocida desde entonces como condominio, en esa época un concepto novel y al presente muy popular. El negocio se llamaba "Atlas Maintenance Corp."

Recuerdo el nombre del edificio y su localización: "Christal House", en Collins Ave. Miami Beach y era la última estructura de su clase casi terminada en la acera este de la Collins. Ya tenían los "show rooms" listos para la inspección de los probables rentistas o compradores.

Todavía estaban trabajando en la construcción de los pisos superiores, justamente encima de las áreas en que trabajábamos nosotros, limpiando ventanas por fuera y por dentro de residuos de masilla o pintura. La única razón por la que me escogieron de capataz era el idioma: todos los operarios menos uno, eran cubanos recién llegados, quienes aún no hablaban inglés.

En una ocasión compartimos el elevador con dos trabajadores de los pisos superiores, uno de los cuales no parecía muy feliz con nuestra presencia. Vestía un mono de color verde crudo de los que vendían en tiendas de "sobrante" del Army, muy parecido a los que usaban en "Castrolandia" aquellos que llamábamos genéricamente "milicianos". Para colmo portaba una gorra del mismo color, cilíndrica y chata por arriba como la que usaba en los sesenta el gallego bastardo y hediondo cuyas cenizas están hoy dentro de un seboruco amorfo. Me intrigaron su actitud y atuendo.

No sé qué razón me movió a hablarle. Quizás fuera para practicar mi no muy sofisticado inglés de entonces: "You look like a Castro soldier", le dije en tono de broma y sonriendo. Su respuesta nunca la olvidaré. He tratado de olvidar mi reacción violenta la que pudo haberme costado carísima. Me miró despectivamente y dijo: "I am a Castro soldier. Castro is my hero. Before Castro, you guys lived like pigs!".

Todo sucedió vertiginosamente. Los otros tres cubanos me aclararon los detalles después. Lo único que recuerdo por seguro es que agredí al insultante, quien era más delgado y bastante más viejo que yo. Parece que traté de agárralo por el cuello, las manos me resbalaron y lo agarré por las orejas. En ese entonces yo tenía 26 años, era muy fuerte y estaba bastante amargado. A juzgar por sus gritos de dolor estaba a punto de dejarlo muengo, cuando mis compañeros de trabajo lograron zafar mis manos aferradas como dos garras a las orejas del tipo. Yo estaba temblando y jadeante. El otro estaba en el piso del elevador, gimiendo y frotándose.

Recuerdo oír al otro americano decir: "The bastard deserved it! If he presses charges I'll be a witness for you!" Esas palabras fueron música a mis oídos. La violencia nunca me ha dado buenos resultados, incluyendo la última vez, cuando irrumpimos en una Iglesia de L. A. celebrando al "Che" Guevara en el décimo aniversario del castrismo, 1969. Rompimos algunas cabezas, destruimos el mobiliario y hasta publiqué en el semanario "La Prensa de Los Ángeles", una reseña del tumulto con fotos. Esa vez me acusaron de "entrada ilegal y de ser antiamericano". Aunque muy culpable de agresión, nunca fui acusado de eso y el caso no prosperó por falta de evidencias.

La investigación demostró que había entrado legalmente, que nunca había sido una carga pública, que era padre de familia dedicado a ella y que mi servicio militar fue honorable. ¿Por qué no me acusaron de asalto? Quién sabe por qué.

Lo que quiero resaltar a los lectores es la increíble impunidad con que nativos norteamericanos demuestran su falta de respeto a las instituciones de la república, a sus símbolos nacionales, leyes vigentes y la constitución. No me siento orgulloso de haber utilizado violencia en el pasado contra estos miserables desleales. Sólo deseo enfatizar que ellos odian a nuestra sociedad y a la cultura que ella representa. Abrazando el castrismo demostraban desprecio hacia su patria. Les importaban un bledo las leyes y la constitución.

Les importan un bledo los símbolos nacionales. No desean vivir en libertad y promueven para esta nación un régimen totalitario-socialista similar al de Siria, al estado artificial al norte de Corea, a los piojosos muslimes de Irán y a los tiranos de "Castrolandia". Ahora demuestran odio cerval por esta nación, y usan la presidencia de Trump como excusa para ello.

¿A qué se dedica hoy el Partido Demócrata-Socialista para supuestamente avanzar sus intereses de poder, que nada tienen en común con el futuro de América en libertad, como la forjaran sus fundadores? A la misma tarea del descastado Obama, quien se ponía las manos sobre el escroto cuando oía el "Star Spangled Banner", o cuando izaban "Old Glory". Lo hizo hasta que un edecán avispado le informó que no todo lo "políticamente correcto", era políticamente acertado.

Ya no les basta con suprimir los derechos de otras personas a manifestar libremente opiniones contrarias a su agenda en los centros de estudios superiores. Controlan la vida académica a través de esos claustros repletos de supuestos "intelectuales". "Intelectuales" casi analfabetos, incapaces de distinguir entre sus propios ombligos y otros orificios del terreno con los que tropiezan con frecuencia.

Ahora envían turbas a insultar a individuos con ideas diferentes a las suyas y exhortan a los dueños de negocios a negar servicios a funcionarios de la presente administración, como ocurriera con la dueña de la fonda "La Vaca Roja", victimizando a Sarah Sanders, vocero de la Casa Blanca. "La Vaca Roja" es un cuchitril insignificante, cuyo nombre no entendí hasta ver una foto de la dueña.

Cuando llegué a California el Gobernador era Pat Brown, el padre del presente Gobernador ("Rayo de Luna") Gerry Brown cuando todavía el partido Demócrata merecía su nombre, aunque ya empezaban las veleidades socialistas.

El deporte del tiro y la caza eran bien populares en este estado. Siendo muy aficionado, tenía varias armas de fuego y el parque necesario para ellas. Aún conservo un par de rifles, guardados en una caja de seguridad, escasamente el 10% o menos de lo que poseía hace varios años.

Sacramento está tratando al presente de desarmar a la población de California, limitando de forma agresiva los derechos de los ciudadanos a poseer armas de fuego y usarlas en actividades legales. No existe duda de que negar derechos al obediente de la ley y proteger al criminal es una tendencia indiscutible entre los políticos de la izquierda en este estado. Los criminales son su "constituency", sus más leales seguidores. ¿Será su objetivo una nueva guerra civil?

Creo que han llegado muy tarde para eso. Los mejor armados y más reueltos son los que tienden a defender las tradiciones de América, sus leyes y la constitución. En especial la segunda enmienda del Bill of Rights.

Durante las operaciones del Pacífico en la Segunda Guerra Mundial, el mejor marino con que contaba el Sol Naciente era el Almirante Isoroku Yamamoto, quien había sido Agregado a la Embajada de Japón en Washington, había estudiado en Estados Unidos y hablaba correcto inglés. Yamamoto aconsejó al Premier Tojo nunca intentar la invasión de América: "Detrás de cada árbol y de cada piedra o hierba alta, encontraremos civiles armados copiosamente, decididos y certeros."