Hoy --/--/----

Síguenos en nuestras redes sociales

El Destierro del Perdón | Por Edwin Rios

08/10/2018 4:11 AM

Edwin Rios

Puertorriqueño dedicado a la causa de la libertad. Participó por nueve años en las fuerzas armadas de los Estados Unidos. Egresado de la Universidad del Estado de Nueva York y de la Universidad de Phoenix.

Yo creo en el perdón. Creo que el perdón tiene una dimensión muy personal e íntima, pero considero que además tiene una faceta social muy amplia que muchas veces ignoramos. La historia humana es una extensión de la memoria de cada uno de nosotros, y el perdón es un elemento muy importante que moldea a esa historia.

Algún día, quizá no muy lejano, se escuchará que Venezuela fue liberada porque su fiscal general se fue al exilio, desde donde combatió a los comunistas. Nos olvidaremos que ella también fue comunista y cómplice de esa maldad. La elevaremos como héroe nacional. Pero también preguntaremos; ¿por qué no regresó a Venezuela, si ella fue uno de sus grandes héroes nacionales?

Lo que ocurre es que la maldad se pierde con el paso del tiempo. Queda diluida en la historia como un breve relato que guarda un aliciente lógico para el alma. Aunque el trasfondo de algunos relatos puede ser negativo, estos cuentos deben tener una resolución que ayude a crecer al espíritu. La historia son esos cuentos de hoguera que los seres humanos hemos compartido desde tiempos remotos. Son los cuentos de nuestros antepasados. A todos nos gusta un cuento de fantasías heroicas, que sea entretenido, y que nos haga reír. En este sentido, Homero nos puede desvelar más de una noche si leemos su obra, que no son más que cuentos que rodaban de pueblo en pueblo en la Grecia antigua. Cuentos que fueron guardados en la memoria humana, pero que luego quedaron marcados como el punto de referencia para el descubrimiento de Troya en la época arqueológica moderna.

Creemos que el bien siempre se impone sobre el mal, de manera que existe un perdón involuntario y cotidiano en nuestra mente, que nos obliga a guardar lo mejor de las memorias, y a descartar lo más pésimo y doloroso. De no ser así, estaríamos locos. Imagine si nos tocara recordar con lúcida brillantez cada golpe y emoción dolorosa en la vida. Sería imposible hacerlo y vivir con una mente sana. De manera que perdonamos a cada minuto, a cada instante, en un intento por otorgarle borrón y cuenta nueva a las memorias que nos pueden afectar profundamente. Estamos obligados, por nuestra naturaleza humana, al ejercicio del perdón. De no ser así, viviríamos en un caos permanente de venganza.

Pero con la ignorancia de la minucia histórica viene la mentira. Y como la historia parece reflejar a nuestra propia sanidad, ella también depende del perdón y del olvido selectivo. De esa forma terminamos todos viviendo dentro de la mentira de lo que queremos creer.

Yo pienso que el 15% de los ciudadanos que todavía apoyan al régimen de Venezuela, son los que más atrapados están en la mazmorra de la historia y del perdón. Ellos están dispuestos a vivir con la mentira desde el principio, negándose al cambio, porque el cambio implica sufrir. A estos yo los comparo con los que a conciencia propia niegan el holocausto judío, donde murieron 6 millones de personas. Viven dentro de la raíz de una mentira que les hace sentir un estado permanente de felicidad. Pase lo que pase, prefieren morir con una sonrisa a flor de labios, aunque esa sonrisa sea la última esperanza que les queda en la vida.

Pero para el otro 85%, que responsablemente aceptamos el sufrimiento y el cambio, de alguna manera no nos damos cuenta de que también vivimos en una mentira, presentada por el lienzo de la historia. Algunas veces creemos en la mentira aun antes de secarse la pintura sobre el lienzo, y la única diferencia es que para nosotros el perdón envuelve un misterio. Un misterio que no existe para el otro 15%, porque ellos aceptan todo lo que escuchan. Para ellos, cada mentira es una amplificación de la felicidad, porque ellos no tienen que perdonar a nadie. En todo caso, sólo tendrían que perdonarse a sí mismos por creer permanentemente en una mentira y, como tal, tampoco tienen la capacidad para llegar a una conclusión lógica en ese reconocimiento. Mientras que para nosotros, el misterio surge con aquella parte de la historia que ignoramos para el beneficio de la sanidad de nuestra propia mente. El misterio es la parte real y latente del presente que rechazamos, cuando creamos el mito de la historia para el futuro. Lo importante es que el misterio hace al cuento mucho más interesante.

En mi opinión, unos de los personajes más misteriosos de la biblia fue Moisés y me pregunto: ¿por qué Moisés quedó viviendo en el destierro, después que los israelitas pasaron cuarenta años realengos por el desierto, buscando aquella tierra prometida donde fluye la leche y la miel? Creo que el relato bíblico se queda corto con todos los detalles que debió haber descrito, y esa brevedad es la que induce al misterio. Siempre es así, y eso satisface a la mente, pero nos deja siempre atrapados en un misterio que tal vez nunca se pueda resolver. Aunque, por otro lado, creo que el misterio es una lección que nos dice que, aunque seamos esclavos del perdón mediante el transcurso de la historia, podemos ser libres, siempre y cuando confiemos en una justicia verdadera que nunca olvida.

Yo pienso que Moisés pudo haber sido un colaboracionista que trataba de complacer al faraón, mientras que a la misma vez buscaba el bien de su pueblo. Como instrumento, el faraón no podía eliminarlo, pero al mismo tiempo el pueblo debió tener problemas en aceptarlo de lleno como un personaje genuino. Ya hemos descubierto, en carne propia, cómo es que sobreviven los líderes “genuinos” de la oposición venezolana: con el colaboracionismo. Considero que puede, aunque no debe, ser así, siempre y cuando sea un colaboracionismo engañoso para el régimen, y que resulte en un desenlace positivo para el pueblo.

Claro, Moisés le preguntó a Dios por qué él debía ser el escogido para esa agenda de liberación, argumentando que él no podía ser la persona idónea para el puesto. Daba excusas como si él no fuese elocuente y apto. Pero yo pregunto; qué hombre sería capaz de negarse ante Dios para cumplir un mandato directo. Y qué Dios, en su sabiduría eterna, podría entretener esos argumentos. Yo creo que la razón reside en esa misma encrucijada de Moisés; esa posición influencial que lo mantenía vivo y vigente, a pesar de las dudas del pueblo. Ese es un balance muy difícil de mantener y creo que Dios le estaba pidiendo a Moisés que rompiera con el statu quo; para que actuara ya con el corazón en la mano, resolviendo el problema intransigente del pueblo israelita.

Sabemos que en Egipto se dieron plagas. Conocemos los relatos de las vacas gordas y de las vacas flacas. No está claro si el “timing” de Moisés pudo haber sacrificado vidas durante un tiempo de penurias en Egipto; pero, con nuestra propia experiencia, entendemos que el colaboracionismo representa un instrumento importante que da reino libre para la muerte y el terror de estado. Lo que sí sabemos, aunque sea por el lujo de la sabiduría lógica, es que Moisés quedó completamente por fuera, y nunca disfruto de los beneficios que el pueblo encontró al final del camino. Eso infiere que la justicia verdadera nunca olvida, aunque exista la tendencia natural de que, con el paso del tiempo, siempre quedamos sumergidos en la mentira.

Yo creo que el colaboracionista puede identificarse por ese balance que busca mantener dentro del sistema. Pero de ninguna manera considero que la fiscal Luisa Ortega y la jueza Luz Mariela Santafé actuaron de esa manera. Ellas fueron partícipes directos de la maldad del régimen, y se beneficiaron de esa maldad. Por eso merecen no sólo quedarse por fuera, sino vivir encerradas en penitencia permanente por el resto de sus vidas. De manera que yo creo en el perdón penitenciario, y es curioso como el término “centro penitenciario” tiende a estar asociado con las cárceles. Si por lo menos la jueza Santafé hubiese mandado su famoso “tuit del perdón” desde un monasterio, tal vez habría espacio para considerar su honestidad, pero yo no la quiero en un convento de monjas, como tampoco podía aceptar que el dictador Noriega hiciera vida en el Papa nuncio panameño.

Ahora, yo estoy claro que la justicia verdadera, aquella que no olvida, también debe tener un “timing” o sincronización que sea aún más perfecta que la maldad del hombre, y lo mejor que se puede hacer ahora es dejar que estos personajes se sigan creyendo su propia mentira. Aquello de que podrían ser perdonados, siempre y cuando colaboren con nosotros. Vamos a procurar que sigan viviendo felices haciendo lo que mejor saben hacer, colaborar, hasta que les llegue su día.

Todo esto me recuerda el día que mi hija de 14 años vino de la escuela con la impresión de que Muhammad Ali era una especie de héroe nacional, que utilizó el deporte como medio para combatir al desprecio racial. Claro, lo que no le dijeron a mi hija fue que ese gran personaje del boxeo estuvo preso por rechazar el servicio militar. Como tampoco le dijeron que el nombre de pila de ese personaje era Cassius Clay, y que se lo cambió por convicciones religiosas. Y eso es un hecho muy importante porque tal vez ese señor tuvo un encuentro personal con Dios, donde también se le exigió que dejara de ser colaboracionista y que decidiera su futuro para el bien de la humanidad. Todo es posible y yo estoy seguro que la historia lo perdonó, precisamente por haber cumplido su penitencia. Pero lo cierto es que la realidad suele ser mucho más amplia y sombría que aquello que en ocasiones se nos ha presentado con la cajita feliz de la historia.

Cuando digo estas cosas, mi hija se enoja conmigo y me acusa de dañarle la mente con elementos de zozobra. Por lo visto ella prefiere vivir su vida en nirvana. Y eso es bueno, siempre y cuando haya alguien que la proteja de las vicisitudes de la mentira. Pero algún día a ella le tocará defenderse a sí misma.

¿Será posible que el rentismo protector del estado de alguna forma nutre a la mentira?

De manera que, en mi opinión, no existe aquello que podemos llamar un perdón desinteresado. Si hay que explicar el perdón con una conferencia de prensa, cómo entonces puede ese perdón ser desinteresado y sincero. Perdonamos en gran parte como algo personal, para no volvernos locos; pero tampoco hay manera de que exista un perdón desprendido si vivimos en un ambiente sin justicia. De manera que el escudo de nuestras mentes no es el perdón, como queremos pensar, sino la existencia de una justicia implacable, que nos permita la libertad de vivir sumergidos en la sanidad de una mentira.

¿Puede el perdón tener un beneficio político? Yo creo que sí.

Como seres humanos buscamos ser creativos para resistir el hambre y la enfermedad, pero lo que no podemos resistir es vivir en un lugar donde se hace imposible perdonar al otro. El que perdona bajo esas condiciones se engaña a sí mismo, como aquel 15% que es capaz de negar a un holocausto. Lo hacen sólo para el beneficio propio, aunque alrededor la gente siga muriendo en la intransigencia de su desgracia.

¿Quién nos puede asegurar que el perdon gilberiano no es un perdón colaboracionista? Nadie.

Por eso sale el caminante al camino; buscando sendas de justicia verdadera, para que su mente y su alma puedan perdonar.