Hoy --/--/----

Síguenos en nuestras redes sociales

Ondas Imperiales | por Edwin Ríos

06/06/2018 5:45 AM

Edwin Rios

Puertorriqueño dedicado a la causa de la libertad. Participó por nueve años en las fuerzas armadas de los Estados Unidos. Egresado de la Universidad del Estado de Nueva York y de la Universidad de Phoenix.

El tío Casimiro se llegó a ganar una reputación de caza-viudas. Se pasaba metido en todo velorio posible. Claro, él tenía una habilidad muy especial para dar un abrazo sentido, para llorar en sincronía, y para chistear cuando se lo merecía, pero no era mujeriego. Era más bien un borrachito feliz, capáz de convertir a cualquier velorio en un baquiné y siempre fue bienvenido, a pesar que llegaba a cada baile de llantos como aquél que invade una fiesta. De esa manera se ganaba el trago. Llenando a los corazones, cuando existía un gran vacío.

Uno de los velorios más extraños que el tío presenció fue en Corozal. Se trataba de una mujer que enviudaba por quinta vez. Era un velorio de doble murmullos (porque los velorios normales ya son naturalmente en voz baja), donde se discutía cómo ella pudo haber matado a cinco esposos, sin nadie percatarse.

Claro, es normal juzgar a los vivos, pero el tío era muy hábil y sabía que la pregunta clave debió haber sido; ¿cómo es posible que tres hombres se casaron con una mujer, ya cuando había enviudado dos veces, o más? Se lo podemos perdonar al segundo difunto, pero qué podemos pensar de los últimos tres. ¿Qué atractivo tendrá esta viuda para dejar a los hombres incautos ante la responsabilidad de ellos mismos para sobrevivir? Aunque la lógica no niega a lo furtivo, la casualidad tiene sus límites.

Era una situación muy extraña en las montañas de Puerto Rico, aunque no creo que fuese tan extraño si se tratara del litoral portugués.

Yo tenía alrededor de veinte años la primera vez que fui a Portugal. Me encontraba en un bus turístico, paseando por el pueblo de Belem, de regreso a Lisboa. Lo mas raro que noté en las calles de ese lugar fue la cantidad notable de mujeres que vestían de negro. Nuestro guía nos explicó que este era un pueblito pesquero y que las mujeres, de edades variadas, eran viudas de pescadores.

Esta enviudemia me impresionó y me daba entender lo peligroso que debe ser el mar frente a las costas de ese país. Habían tantas viudas rodantes que desafiaban la razón. Si bien podemos preguntar, con responsabilidad, por qué una mujer puede haber enviudado cinco veces, en esta villa pesquera no existe lógica de causa y justicia. La cultura se hace víctima de un hoyo negro de la razón, y creamos un corto circuito entre el mar y la muerte.

¿Dónde están las llaves, que no las encuentro? “Debe ser que se las tragó el mar.” Se desapareció el perro. “Debe ser que se lo tragó el mar.” ¿Dónde está tu esposo, que hace días no lo veo? “No sé, debe ser que se lo tragó el mar.”

Por eso hay tantas viudas. No existen muchos hombres dispuestos en aceptar ni el riesgo de convertirse en el segundo difunto. Y ese riesgo se vive tanto en el mar, como en la tierra. Pero eso no detiene a que los pescadores se sigan casando, y que sus mujeres sigan enviudando. El mar y el hambre tienen la culpa de todo.

Ese cortocircuito de la lógica, donde se le achaca al mar toda la culpa sobre el efecto trágico del ambiente y de la historia, es lo mismo que utiliza Nicolas Maduro en su discurso diario. Todo lo que ocurre en Venezuela es culpa del imperialismo.

No hay que negarlo. El imperio, de forma discreta, apoyó a los shah de Irán, alimentó de armas a los Contras en Nicaragua, y convirtieron al dictador Manuel Antonio Noriega en un informante directo de la CIA. Por eso Maduro se envilece en utilizar a ese mismo cortocircuito del razonamiento para negar a todos los principios de causa y justicia que se basan en la evidencia. El mar del imperialismo se lo traga todo, y esa es la única causa que existe.

¿Será posible?

Con tres semillas se puede producir un tallo de maíz. De un tallo se pueden extraer tres mazorcas. Una mazorca tiene alrededor de 800 granos. O sea, que con tres semillas, tu puedes producir 2,400 granos. Entonces tomas 300 de esos granos y los siembras otra vez, produciendo 100 tallos nuevos. Sigues en este ciclo, y despues de acomular una cantidad notable de maiz, lo estrillas para comenzar un gallinero. El gallinero crece y con eso se puede alimentar a un pueblo.

Parece simple, pero cuando el campesino dobla el lomo para echar esas tres pequeñas semillas en el hueco, le tiemblan las manos. Suda frío y se le salen las lagrimas. Trata de soltarlas, pero los dedos no le responden. Algo se impone a su voluntad, y esas tristes semillas, que pesan una tonelada en sus manos, no se dirigen al centro de la tierra ni por el impulso natural de la gravedad. El imperialismo ha ganado de nuevo.

Como Maduro no ofrece evidencias ni razones de cómo el imperialismo afecta a este campesino, yo me veo en la obligación moral de proveer alguna explicación razonable para ustedes.

Resulta que en el escritorio del presidente de Estados Unidos, en la Oficina Oval de la Casa Blanca, hay un tablero al lado derecho, justo encima de las gavetas. Esa tabla el presidente la jala y quedan expuestas unas placas con los nombres de los países enemigos de la nación. Entre ellos Rusia, Corea del Norte, Irán, China, Cuba y Venezuela. Al lado de cada nombre aparecen unos botones y unos diales que manipulan condiciones en cada país. O sea, si Trump quiere que en Venezuela suba la inflación, el vira el dial inflacionario de Venezuela hacia arriba, y la inflación se multiplica.

Se dice que hay inclusive un dial especial para los países productores del petróleo que puede ser manipulado especialmente cuando el presidente lo desea. En efecto, ese dial del valor del petróleo fue manipulado por Obama desde los principios de su presidencia en el 2008. El precio se desplomó y fue parte de un plan maestro para que Cuba se sintiera amenazada por el riesgo de perder el apoyo económico de Venezuela. Se le dio bastante tiempo a ese ajuste para que surtiera efectos en los cinturones económicos de la oligarquía comunista de la isla. Por eso fue que Obama esperó hasta marzo del 2016, cuando le faltaban pocos meses en la presidencia, para seguir hacia adelante con su plan y visitó a la isla; entendiendo que, después de enero del 2017, ya no iba a tener control de los diales manipuladores del imperio.

Pero el plan no funcionó. Ya Cuba estaba al tanto de los controles de las voluntades que se aplican desde la Oficina Oval del presidente americano. Ellos saben de los satélites que están conectados a ese tablón de botones y diales, y de las ondas especiales que se transmiten, capaces de manipular la productividad y hasta la voluntad de la gente.

Cuba ya venía desarrollando ese mismo programa en las mazmorras del régimen. Primero lo probó con disidentes, tanto en Cuba como en Venezuela. Luego lo probó en la embajada americana recien abierta de la Habana, pero allí no obtuvieron buenos resultados. Sólo llegaron a ensordecer a los sujetos de pruebas, pero siguen mejorando la técnica y ahora se han propuesto probarlas con disidentes militares, para ver si pueden romper hasta las voluntades de personas con alta disciplina. Pero hay un límite en el espacio del laboratorio, y es por eso que a los presos comunes, junto a los presos políticos, se le ha concedido un pase de vacaciones. No hay cama pa’ tanta gente.

Claro, hay torturas, pero las torturas son necesarias para camuflar el programa. Además, no se tortura más allá de lo normal para medir la eficacia del programa. Y cuando funcionan las medidas técnicas de las ondas, entonces se reducen las torturas de las próximas víctimas, para verificar el éxito de las medidas y de las frecuencias.

Se sabe que a los americanos le ha funcionado muy bien este sistema, hasta el punto en que los mismos imperialistas tienen un satélite fijado sobre su propio país, para hacer justo lo contrario. Para incentivar la producción a niveles supra-humanos. Un programa que describe por qué los esclavos apátridos se rinden tan fácilmente ante un capitalismo avasallador que devasta a las almas humanas dentro de un sistema consumista.

Pero lo curioso es que este programa no comenzó en Estados Unidos, sino que tuvo sus inicios en Japón, donde se utiliza a un nivel mucho más sofisticado. Eso es lo que justifica que las mujeres japonesas tengan el nivel de cáncer de mamas más bajo de todos los países del mundo.

Los médicos se engañan pensando que este hecho se basa en diferencias de alimentación. ¿Qué evidencia ofrecen ellos de que alguna molécula del sushi cura el cáncer? Ninguna. Ellos buscan diferencias en el diario vivir y estiman que, dentro de esas diferencias, debe existir alguna verdad empírica. Nada de eso es cierto. Se trata del nivel tan avanzado en que los japoneses utilizan a estas ondas satelitales. Con ese desarrollo tan sofisticado, ellos son capaces de controlar los procesos internos del cuerpo, además de las voluntades psicológicas.

Es curioso que cuando presentamos la realidad de esta forma, las pruebas no importan, porque ponemos en duda hasta el control moral de la evidencia. ¿No es mejor que el cortocircuito de la lógica surta todo su efecto, sin introducir las pruebas? Entonces; ¿para qué presentar evidencias?

Pero de alguna forma encontramos una satisfacción muy profunda en este antidiscurso, porque con este ejercicio de la experiencia humana, que vanamente busca causa y justicia, sí hemos llegado a descubrir una verdad innegable que se puede definir en una ecuación muy simple:

(Ambiente + Historia) - Evidencia = Esclavitud

Que básicamente dice que toda experiencia, donde se controla el ambiente y la historia, se convierte en una esclavitud, cuando falta la evidencia. En este sentido, Venezuela entera es un palo de evidencia de demuestra que la esclavitud ha vuelto a existir, en la amplitud de un país entero, en pleno Siglo XXI. Una esclavitud que traspasa el color de la piel y que utiliza métodos científicos y tecnológicos para acorralar a sus víctimas. Una ciencia que parece ficción y que la negamos hasta el final, cuando nos damos cuenta que es verdad y no tenemos el derecho de rechazarla.

Pero hay una diferencia de opiniones que, de exponerse esta realidad, indicaría que por eso precisamente existen las ondas. Existen como una esperanza para borrar el empeño y la ilusión esclavista del razonamiento que nos diferencia; para que todos podamos llegar con igualdad y con paz a la tierra prometida, donde fluye la leche y la miel. Aunque nos toque cuarenta años llegar hasta ella.

Sin darnos cuenta, nos hemos convertido en esclavos de nuestra propia ciencia ficción.

Y entonces cabe preguntar; hasta cuándo seguiremos escuchando el mismo discurso sin decir...: ¡AY, DEJA ESO NICOLÁS!