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La Inmolación como virtud republicana | Por Javier Lara

El epítome del mártir inmolado: "Ricaurte en San Mateo" de Antonio Herrera Toro (1883) 22/02/2018 9:53 AM

Toda nación siempre se fundamenta en mitos, leyendas y elementos fantásticos en ciertos hechos reales como forma de crear nacionalidad y elementos comunes entre sus ciudadanos a fin de unificarlos bajo un mismo manto. Desde las epopeyas homéricas de la Ilíada sobre el origen de Grecia, a la leyenda de la serpiente emplumada en el Lago de Texcoco que habla del inicio del actual México, hasta los peregrinos puritanos que llegaron a Plymouth Rock en 1620 como punto de partida de lo que hoy llamamos los Estados Unidos de Norteamérica.

Sin embargo, en la mayoría de los casos, la historia y el mito fundacional están bien delimitados por quienes escriben las primeras, sabiendo bien separar la realidad de la ficción, dejando esta última para el terreno del entretenimiento, alejado de la creación de conciencia del ser y estar del ciudadano de un país que supone que es relatada por la ciencia de la que Herodoto es considerado el padre.

Este caso lamentablemente, no parece darse en este territorio cada día menos nación y país, donde la historia que ya era inexacta y fundada en absurdos, hoy da de frente con el revisionismo histórico comunista e iconoclasta, que busca crear más mitos fundacionales perversos a fin de manipular a las cada vez más hambrientas masas en su afán de la esclavización de los restos de una sociedad.

Así, la nación vive creyendo en el mito de la idealización del militar a pesar de los perpetuos fallos en la defensa del territorio, solo por la perpetuidad del mito del “Ejército Libertador de Cinco Naciones” de Bolívar en su única hazaña en 200 años de historia, de la misma forma que cree cual culto adventista en el líder que “vendrá a poner orden” cuál el Taita perdido que han venido buscando desde que Boves y su horda aparecieron en los llanos buscando venganza.

De los tantos mitos que afectan la psique de esta maltratada conciencia colectiva nacional sin embargo, el que más daño parece realizar es el perpetuo mito del sacrificio y la inmolación resumidos todos en la frase a medio camino entre culto talibán y nacionalismo fascista que es “Morir por la Patria”.

Porque la inmolación es vista “de lado y lado” como uno de los fines y no como el medio de una acción útil. Es respetado quién muere por una causa sin importar lo absurda, mal dirigida u homicida, solo por el hecho de caer “defendiendo lo que creía” y “Defendiendo a su patria”. Como si la muerte absolviera todas las culpas o mejorara algo cuando su objetivo obviamente no se ha cumplido. Es así idealizado quién ve interrumpida su vida en combate sin importar lo dañina de su causa, que quien vive una vida de respeto ciudadano a sus semejantes.

Mito que está presente en el país, probablemente desde aquel ataque comandado por el pirata Walter Raleigh, que al llegar a Caracas en 1595 solo encontró de resistencia una ciudad que había huido despavorida, exceptuando a un anciano solitario de armadura oxidada llamado Alonso Andrea de Ledesma, que obviamente cayó en combate frente a estos vándalos que ante su valentía decidieron homenajearlo tras su muerte cargando su cadáver con honores, pero muerto al fin defendiendo a una ciudad abandonada.

Mito que es blandido luego para teñir de heroísmo y decencia, una irresponsable acción de carnicería juvenil y sadismo que hoy conocemos como el Día de la Juventud, donde Ribas en su intento de detener la tropa española de avanzar hasta Caracas, amenaza a todo muchacho en edad militar que encuentra en su camino para que salga a “defender la patria o ser pasado por las armas en caso contrario”, aunque estos muchachos fuese la primera vez que veían un arma en su vida y su experiencia militar frente a experimentadas tropas los hiciera carne de cañón de una causa y una guerra que no era la suya.

Mito que continúa siendo ejercido poco más de un mes después en plena Guerra a Muerte bolivariana, en la gesta de San Mateo donde Ricaurte en un intento de evitar que el parque de armas cayera en manos enemigas, decide volarse con estas y los españoles que venían por ellas, siendo elevado al santoral patriota por su acto.

Y de este mismo mito se valen ya de 1960 en adelante los comunistas venezolanos en su fracasada guerrilla para darle un barniz de triunfo a sus muchos fallos en combate. Hacen icónicos como “sacrificios por la revolución” las muertes absurdas de Livia Gouverneur, Chema Saher y tantos otros en la primera etapa, para darle simbología de martirio a una derrotada causa en todos sus frentes. Martirio que enarbolan luego con Alberto Lovera y Jorge Rodríguez, caídos en circunstancias criminales más cercanas al hamponato que al crimen político, pero no importa, al comunismo el muerto le sirve de abono para justificar sus futuros muertos.

Y así con todo, desde la romantización del saqueo, masacre militar e intervención hamponil del 27 de febrero de 1989, la “Rebelión de los Ángeles” masacrando vigilantes en Venezolana de Televisión, hasta llegar a la simbiosis del uso de las muertes de jóvenes en protestas como bandera de causas electoralistas, de 2014 hasta el trágico 2017, siendo la guinda de la torta de la inmolación y martirio, todo el caso Óscar Pérez. Donde se habla de su muerte, causa y homicidio, más no de lo trazado que estaba su camino a una muerte fútil.

Así todos confluyen en un sendero de sangre que se alimenta de inocentes y culpables, de homicidas y víctimas, pero todos beneficiando una sola mentira que solo busca ser manipulada por quienes ven el ciclo de horror solo para su beneficio. Total, mientras más llena de cadáveres, tortura y prisión esté la causa, parece más potable a los ojos del poder.