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La Esperanza del Cambio | Por Antonio Sánchez García

Foto: Vladimir Marcano 17/02/2018 10:00 AM

Antonio Sánchez García

Historiador y Filósofo de la Universidad de Chile y la Universidad Libre de Berlín Occidental. Docente en Chile, Venezuela y Alemania. Investigador del Max Planck Institut en Starnberg, Alemania. En twitter es @sangarccs

De las innumerables revoluciones y golpes de Estado que han entorpecido y sembrado de obstáculos la marcha de la República, ninguno removió tan profundamente las bases de Venezuela como el golpe de estado del 4 de febrero de 1992. Fue el preludio de una ruptura total. Tanto por la gravedad de la crisis que la antecediera y el desmoronamiento del antiguo régimen de dominación que implicaba, como por la intención devastadora del asalto castrocomunista que involucraba. Terminó por conjugar los peores vicios y taras del pasado con los prometeicos afanes de la barbarie al asalto: hacer tabula rasa de la democracia e instaurar una tiranía totalitaria. Tras dieciocho años de autocracia y dictadura, la sociedad venezolana se haya paralizada, desconcertada, afligida y sin saber a qué atenerse. Su tejido social destruido, sus infraestructura económica devastada, su principal industria al borde del colapso. Huérfana de liderazgo y carente de perspectivas y programas de acción. Sin que exista un consenso sobre las vías de acción a seguir. Sólo nos resta, en quienes nos negamos a abandonar nuestras raíces, el empecinamiento democrático y libertario, la voluntad de lucha y la esperanza.

¿Cómo pudo suceder que una democracia alabada y aplaudida en el mundo entero, ejemplo transicional que le indicó el sendero y ayudó a España y a Chile para sus respectivas transiciones, se desmoronase como un castillo de naipes, fuera barrida con todas sus apariencias institucionales y permitiera el afloramiento, como en una súbita erupción de sus magmas volcánicos más profundos, de las taras y vicios más antiguos y más aberrantes de una sociedad en sus orígenes y durante gran parte de su historia rural y primitiva, perfectamente conservados en el formol de cuarenta años de buenos modales? ¿Cómo pudo derrumbarse tan de un día para otro todo un Estado de Derecho, que las circunstancias, en un giro propio de las farsas en que según Marx suelen reproducirse las tragedias, se acunaba en brazos de un anciano para que en perfecta metáfora de la muerte terciara con la banda del nuevo poder a un caudillo forajido, tan primitivo y bárbaro como escapado de las huestes de Boves o Antoñanzas. ¿Cómo pudo venirse abajo una democracia forjada con sangre, sudor y lágrimas, económicamente poderosa y capaz de asegurarles a sus habitantes una vida plena de satisfacciones, incluso de luchar por el fin de las dictaduras que ensombrecieran al continente en los años setenta y ochenta?

En este cuarto de siglo transcurrido desde el golpe de Estado del 4 de febrero de 1992 se ha involucionado hasta regresar a los peores períodos de nuestras revoluciones, dictaduras y guerras civiles. A los pantanos y sufrimientos del Siglo XIX, como si entre esas épocas de tinieblas y el presente no hubieran transcurrido los esfuerzos de generaciones enteras por traernos al reino de la libertad. Como si la generación del 28 y 40 años de democracia hubieran sido un sueño. Exactamente el mismo caudillismo inveterado, los mismos abusos del Poder y las iniquidades de quienes detentan el control del Estado. El mismo oprobio entre dirigencias oportunistas y alcahuetas.

Encuentro en la obra de la historiadora venezolana Mirla Alcibíades, La heroica aventura de construir una república, las muy pertinentes y oportunas citas del embajador británico Sir Robert Ker Porter, el más perspicaz observador de los primeros años de la República, que da cuenta, entre muchas otras valiosísimas observaciones, del nivel de corrupción en que se encontraba el aparato electoral venezolano recién constituido, la práctica inexistencia de justicia que castigara el hábito de los golpes de Estado que se harían endémicos, el pantanal en que chapoteaba la vida pública bajo el gobierno del general José Antonio Páez, sin duda el mejor dirigente de aquellos tiempos aurorales.

Dice Ker Porter, sobre las elecciones:

“No hay lugar donde el soborno y la corrupción sean mayores que en este país” (1832) …”Durante la votación para los electores del colegio electoral aquí ha habido tanto soborno y corrupción y tiranía por parte de los candidatos y sus partidarios como en los peores períodos, o más bien ejemplos, en Inglaterra o los Estados Unidos.” (1834)

Han pasado ciento ochenta y cuatro años desde entonces. ¿Se observa algún cambio?

Lo escribía el embajador Ker Porter a pocos días de que acaeciera la muerte del Libertador, mientras daba cuenta del cuadro apocalíptico en que se encontraban hundidas las repúblicas por él recién liberadas. Dos siglos después, Venezuela sigue hundida en la ignominia en manos del militarismo dictatorial gobernante. Y a pesar de haber convertido en desolación su obra, nada predice que lleguen a anularse tales determinaciones. Se queja Ker Porter ante Páez de la absoluta impunidad que rodeó a los golpistas que derrocaron en 1835 al primer presidente civil de la República, el doctor José María Vargas. Páez no haya qué responderle. Han sido decenas los golpes de Estado sucedidos desde entonces, todos bajo la protección de la máxima impunidad. ¿Qué militar golpista fue fusilado en Venezuela después de consumar su felonía? ¿Qué trato recibieron los golpistas del 4F, salvo, como sucediera con el responsable de esta tragedia, el teniente coronel Hugo Chávez, el de ser invitado a almorzar al casino de oficiales en Fuerte Tiuna por el entonces ministro de defensa, Fernando Ochoa Antich y su mano derecha, el general Santeliz mientras comenzaba a sentar las bases de la operación que lo llevaría al asalto del Poder, como Hitler tras su golpe de la cervecería, por vía electoral ? Así se refiere al sujeto y a la circunstancia quien se apropiara del golpe de Estado sin haber disparado un tiro : “…se me sienta al lado un viejo conspirador que tú conoces el General Santeliz Ruiz, que estaba ahí, era asesor del Ministro pero estaba era con nosotros, estaba en la cuerda floja y me animaba y tal, y me ayudó mucho ese día e incluso salió manejando su carro con Altuve para que no se cumpliera la orden que había dado Carlos Andrés de que yo no saliera vivo del Cuartel de la Montaña esa orden la dio Carlos Andrés Pérez. Ellos me sacaron por aquí, sacaron un vehículo militar por allá, y en el carro del General él manejando me trajo aquí, por allá por detrás por el Círculo Militar y ras, ras, Santeliz Ruiz que nunca olvidaré todos esos gestos de coraje y valentía…”

La circunstancia política exige desalojar cuanto antes al régimen tiránico que nos abruma y aherroja. Y asumir el desafío histórico de construir la Venezuela en que las felonías hoy consuetudinarias sean duramente castigadas. Pretender que es posible lograrlo sin romper las ataduras que nos vinculan a las peores lacras de nuestro pasado, es tan ilusorio, como pensar que los gobernantes harán mutis de buena gana. Incluso electoral y pacíficamente, como ha querido el desiderátum de nuestras utopías. Como lo hemos señalado anteriormente, sufrimos del asalto de pandillas criminales y mafiosas, que nos vinculan con los bajos fondos de Rusia, de China, de Cuba, de las FARC, del ISIS y el Estado Islámico. Perdiendo el control del gobierno perderían el control de nuestras riquezas, que dejaron de ser nuestras y ya son sus riquezas. No se irán de buen grado. De allí la imperiosa necesidad de unir los elementos que, conjugados, favorecen un futuro de paz, democracia y prosperidad: el respaldo generoso de la comunidad internacional, de los gobiernos y organismos multilaterales de nuestra región y del Hemisferio – El Grupo de Lima, la OEA, Los Estados Unidos, Canadá, el Parlamento Europeo, todos los países miembros de la Unión Europea, Inglaterra y la fuerza de nuestra sociedad civil, que debe volver a asumir el protagonismo en la lucha por la libertad. ¿Es posible que ante un respaldo internacional de tamaña magnitud y poder aún haya sectores supuestamente opositores que se muestran dispuestos a seguir bailando al son del tambor electorero de una dictadura aislada?

Enfrentamos el más grande desafío de nuestra historia. Hacer de esta Venezuela, lastrada desde su nacimiento con los males de la corrupción política y la inmoralidad administrativa, un país a la altura de la decencia que la nueva sociedad civil, parida en las luchas por la Libertad, reclama con desesperación. ¿Será posible ganarle la mano a los viejos vicios que nos anclan al pasado? La esperanza, dice la sabiduría popular, es lo último que se pierde. No la perdamos.