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La eficacia del miedo | Ivan Ciriaco-Useche

02/06/2018 4:13 AM

Iván Ciriaco Useche

Venezolano. Politólogo. Escritor freelance. En twitter es @IvanPolitics

I.

Su inauguración pública comenzó con el nudo en la garganta de quienes le rodearon acompañando el golpe de Estado militar o de quienes le combatían a manos temblorosas defendiendo al gobierno constitucional. No hubo una estrategia edulcorada para mercadear a la nueva opción de poder en Venezuela. Los militares que aspiraban a imponer una dictadura el 04 de febrero de 1992, entraron en la psique nacional con el eslogan del miedo: tenemos las armas y con ellas mandaremos.

Y han mandado desde hace veinte años apelando a la eficacia de turbar el ánimo de la sociedad venezolana por medio de estruendos que quiebran hasta la belleza invulnerable del diamante. Hugo Chávez y su séquito disfrazaron sus motivos de gobernar con barniz al agua, por lo que no más se hicieron de la Presidencia, comenzó el ataque artero contra la tranquilidad, la armonía y el consenso. Los militares recuperaron esa aura de poder que habían perdido desde la última dictadura de las Fuerzas Armadas, y se imbricaron con los apologistas de la lucha de clases que desde el campo de la izquierda comunista en conjunto con algunos filofascistas de antaño se quedaron al margen de los políticos burocratizados de la República Civil y sus cuatro décadas democráticas.

II.

Chávez atizó la agitación desde 1999 al asaltar mediante adefesios legales al Poder Público guardián de la democracia representativa; el antiguo régimen –abrumado por la efervescencia de las masas tras el Teniente Coronel Presidente- cedió y se suicidó cuando abdicaron en detener las ambiciones pretorianas, más grave aún, el odio hacia los políticos profesionales del recién pasado se hizo patente en quienes adversaban al nuevo régimen por lo cual se abrió la caja de Pandora de la antipolítica y rugieron a los cuatro puntos cardinales las furias del miedo antichavista.

La estrategia del miedo rendía frutos para quien sembraba en la opinión pública el temor multiplicado en los chivos expiatorios enemigos del régimen: un día eran los trabajadores del holding petrolero estatal que se negaban a entregarse al apetito de Miraflores, otro día eran protestantes citadinos o al anochecer se disparaba a quemarropa a empresarios o a medios de comunicación. El pánico se instaló: este hombre nos va a aniquilar; de ahí que la respuesta ante el estrujamiento fuese el desasosiego vociferado entre vísceras y pulmón al Caudillo y sus huestes, o la sumisión a realazos de pesos pesados del poder económico presentes en Venezuela.

La retórica de miedo del gobierno se consumó en políticas públicas oficiales y encubiertas. Se armaron brigadas de choque para repeler a la Oposición, se crearon medios de difusión propagandística que destruían reputaciones, se trastocó la doctrina de las Fuerzas Armadas al pretorianismo y la nación vio como se le encaramó un amurallamiento de armas, amenazas y persecución, casi que de manera silente pero paulatinamente presente en las vidas cotidianas. La delincuencia común se magnificó hasta llegar a decretar el toque de queda tácito que opera actualmente, los centinelas de la ley acabaron en verdugos de la disidencia y otra vez la policía del pensamiento se cristalizó en esas organizaciones terroríficas llamadas “Servicio Bolivariano de Inteligencia” y “Dirección de Inteligencia Militar”.

III.

El arquitecto principal de esto, pereció en medio del espectáculo de su dolencia terminal –un secreto inescrutable en la jaula nacional- y su mortaja simbólica yace en el edificio donde el miedo le consumó en esa madrugada de vacilaciones del 04 de febrero de 1992. Un hombre de armas que nunca lució destreza con ellas, fue capaz de consolidar un aparato del terror que mantiene a sus sufrientes víctimas en medio de la distracción forzada de las filas del racionamiento alimentario, escampándose a tientas de la tormenta del crimen que inunda a cualquier vecindario o rematando proyectos y razones de vida para huir del socialismo del siglo XXI.

Nicolás Maquiavelo, el célebre pensador político del renacimiento llegó a escribir que “príncipes y gobiernos son mucho más peligrosos que otros elementos de la sociedad” porque desde su posición de dominio explicitan su naturaleza ambigua que oscila entre las pulsiones creadoras y destructoras. Intimidar, agredir y someter a una persona es un comportamiento alejado del buen vivir y adyacente a los terrenos del desquicio y la perversidad. Los herederos de Chávez siguen trabajando sobre la eficacia de paralizar al país con artimañas feroces que terminan en la propagación viral de ese instinto de cada persona a temer su seguridad; el miedo es eficaz para reinar sobre él, si y sólo, hay un consentimiento generalizado de que no hay alternativa a quien atemoriza. Sin embargo, el acoso a la víctima puede llegar a ser contraproducente cuando ésta pierde el aferramiento a su esfera vital… ahí nace la rebelión y la rabia, que según algunos ha sido el motor de los cambios en la historia.