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El Posada Carriles que yo conocí | Por Alfredo Cepero

Luis Posada Carriles, incansable luchador anticastrista, falleció esta semana. 30/05/2018 2:26 PM

Alfredo Cepero

Cubano en el exilio, poeta, articulista. Secretario General del Partido Nacionalista Democrático de Cuba y Director del portal La Nueva Nación.Veterano de la Brigada 2506 de Bahía de Cochinos y del ejército de EE.UU.

En los últimos días se ha desatado una avalancha de artículos y se han realizado numerosos actos en honor de Luís Posada Carriles. Todos ellos justificados y merecidos por quien en vida fuera un cubano de valores y principios excepcionales. Pero, quizás sobrecogidos por la emoción de recordar su vida o golpeados por el dolor de su muerte, la mayoría de los interlocutores se han concentrado en destacar el patriotismo y el valor personal de este consumado guerrero de la libertad de Cuba.

Y todos los que le conocimos sabemos que patriota era y valor personal le sobraba. Pero Luís Posada era también un hombre con vida privada, indiferente a la riqueza material, leal a sus amigos y sin odio a sus enemigos. Creo que por eso despertaba un sentimiento de lealtad profunda entre muchos de quienes le rodearon. Tales fueron los casos de Nelis Rojas, Paco Pimentel, Pedro Remón, Sila Cuervo y Santiago Álvarez, entre muchos otros. Ese es el Luís Posada que quiero compartir con ustedes en estas líneas. El Luís Posada que yo conocí y con quien sostuve una sincera amistad antes de que fuera catapultado a la fama por su cruzada incansable contra el totalitarismo comunista en todo el Continente Americano.

Aunque ambos éramos miembros del Frente Revolucionario José Antonio Echeverría, liderado por el presidente de la FEU José Puente Blanco, mi primer encuentro personal con Luís tuvo lugar en el mes de febrero de 1961 en la ciudad de Miami. Había salido de Cuba como asilado de la Embajada Argentina después de dispararle un pistoletazo a un esbirro castrista que tocó a la puerta de la casa en la que él se escondía. En los próximos dos meses nos reunimos con dirigentes revolucionarios en el exterior, entre ellos Manuel Artime, en busca de armas para iniciar un frente en la Cordillera del Escambray que sería liderado por Luís.

Cuando nos dimos cuenta de que estábamos perdiendo el tiempo decidimos integrarnos a la invasión financiada por Washington que ya llevaba varios meses de preparación. Lo hicimos a través de un grupo auspiciado por el Ingeniero Manuel Ray Rivero y el Coronel Ramón Barquín, quienes habían iniciado un campamento en el pueblito de Naranja, en los alrededores de la ciudad de Homestead, en la Florida.

Allí conocí a un grupo de cubanos de valores y principios verdaderamente extraordinarios. Gente dispuesta a darlo todo por la libertad de la patria sin buscar recompensas ni esperar reconocimiento. Muchos de ellos nos miran desde el cielo y nos conminan a que terminemos su obra generosa y heroica. Cubanos de los que lamentablemente van quedando muy pocos, pero los que quedamos tenemos un compromiso que sólo terminará con nuestra despedida de la Tierra. Tal como nos enseñó con su ejemplo el patriota excepcional que fue Luís Posada.

Muchos de los nombres de quienes iniciamos nuestro entrenamiento en la finquita de Naranja se me han perdido en la bruma de una agitada vida de exilio durante más de medio siglo. Pero recuerdo con especial afecto a Jorge Beruff, Ramoncito Barquín, Augusto Maxwell, Sila Cuervo, Elpidio Hernandez, el guajiro Hilario y Feliciano Foyo. La mayor parte del tiempo, que se extendió por unas tres semanas, la pasábamos en marchas y prácticas de tiro porque la mayoría de nosotros jamás habíamos disparado un arma.

Pero ustedes y yo sabemos que dondequiera que se reúna un grupo de cubanos siempre se hace tiempo para las maldades, el relajo y la 'pachanga'. Los tres ingredientes estuvieron presentes en aquel grupo de unos treinta cubanos, si la memoria no me falla. Ramoncito Barquín se dio a la tarea de coleccionar serpientes, otros hacían música con instrumentos improvisados y yo recitaba poesías bajo un cielo de estrellas que parecía presagiar el triunfo de nuestra causa y el logro de la libertad de la patria.

Y es aquí donde hago énfasis en la idiosincrasia jocosa y humilde de Luís Posada. Este guerrero, temido por tiranos y terroristas, era un hombre en quien no había un ápice de vanidad ni de arrogancia. Cumplía lo que creía su deber a la manera martiana de "sencilla y naturalmente".

Estaba además dotado de un gran sentido del humor. Cuando alguien del grupo le dijo que le habían puesto debajo de la sábana de su camastro una de las serpientes cazadas por Ramoncito, Luis le ripostó: "Déjala ahí que me voy a acostar con ella". Cuando otro compañero le criticó las piernas delgadas de una dama que Luís cortejaba, éste le contestó: "Yo no la quiero para correr". A quienes conocimos al "Don Juan" que era este hombre no tienen que decirnos para qué menester la quería.

Todo ese grupo de la finquita de Naranja y muchos otros que llegaron desde distintos puntos de Estados Unidos y del mundo fuimos llevados la primera semana de abril a otra finca en el suroeste de Miami cuya ubicación ni nombre recuerdo en este momento. Allí nos aglomeramos, literalmente unos encima de otros, alrededor de doscientos cincuenta hombres. Entre los recién llegados se encontraban el sacerdote jesuita Enrique Oslé Tur y el médico camagüeyano Rolando Rojas, amigo personal del Dr. Manuel Antonio (Tony) Varona. Los demás escapan a mi memoria porque estuvimos juntos menos de una semana.

Alrededor del 10 de abril se presentó en nuestro campamento un camión cuyo conductor traía una lista de 50 hombres que fueron seleccionados para volar a la base de Guatemala. Cuando los demás protestamos se nos dijo que no había capacidad en los aviones para llevarnos a todos.

Quienes quedamos atrás nunca llegamos a pisar tierra cubana porque nos volaron desde el aeropuerto de Opa-Locka, en Miami, a la Base Militar Número Cuatro del Ejército de Guatemala en la noche del 16 de abril de 1961. Cuando llegamos al día siguiente --17 de abril--a la Base Track, en las montañas guatemaltecas, el Capitán Manuel Martínez Arbona, Jefe del Batallón Siete, escuchaba la Voz de los Estados Unidos de América dando la noticia de la invasión de Cuba.

Aquí otra anécdota del agudo sentido del humor de Posada donde también está presente su desprecio a la muerte. El avión que nos transportó a Guatemala era un C-46 que databa de la Segunda Guerra Mundial y amenazaba con desintegrarse cuando era abatido por cualquier ráfaga de viento. En uno de esos momentos yo le manifesté a Posada mi temor de que el aparato se estrellara. Molesto de que le interrumpiera su sueño, Luís me contestó: "Para que me voy a preocupar si yo no soy el piloto" Y volvió a dormirse con la tranquilidad de quien se enfrentan al peligro sin el menor temor.

A finales de abril, los integrantes del Batallón Siete fuimos traídos de regreso a Miami. Luís y yo compartimos por un par de meses una pequeña cabaña (Rear Cottage) en el suroeste de Miami antes de tomar caminos diferentes. Él trabajó por breve tiempo en la Fireston, en Akron, Ohio, se graduó de Teniente en el Ejército de los Estados Unidos y se fue a Venezuela a perseguir comunistas como el Comisario Basilio de la DISIP durante el gobierno de Rafael Caldera. Yo milité por cuatro meses en el Ejército Norteamericano, hice dos viajes de propaganda política por varios países de América Latina y en 1964 me fui a Washington a trabajar en la Voz de los Estados Unidos de América.

El guerrero y el periodista no se volvieron a encontrar hasta 1980, en que los visité a él y al Dr. Orlando Bosch durante su reclusión en el Cuartel San Carlos, cerca de Caracas, con motivo de las acusaciones por la voladura del avión de Cubana en Barbados. Y en el 2004, asistí a su juicio en Panamá y lo visité en la prisión del Renacer donde se encontraba recluido en compañía de Guillermo Novo, Gaspar Jiménez y Pedro Remón. Todos acusados de tratar de ajusticiar al tirano Fidel Castro. Lo vi por última vez hace seis o siete años durante un almuerzo que le ofrecí en mi casa.

Ya esto se ha hecho demasiado largo y se haría todavía más largo si le diera rienda suelta a una memoria que se aferra a los hechos que recuerdo de esta prolongada lucha por la libertad de Cuba. Por lo tanto, concluyo diciendo que Posada murió en su cama pero, si tomamos en cuenta su vida dedicada al combate, creo que habría preferido morir en el campo de batalla entre las balas y la metralla como Antonio Maceo o Ignacio Agramonte.

Digo además con absoluta certeza que ni su vida ni su muerte fueron inútiles porque sirvieron de acicate y esperanza a millares de combatientes por nuestra libertad. Como dijera Domingo Goicuría en el momento de ser sometido a garrote el 7 de mayo de 1870, de Posada podemos decir: "Muere un hombre pero nace un pueblo". Como Goicuría en su tiempo, Posada es hoy el faro que sigue iluminando el camino de la libertad de Cuba.